14 de jun. de 2008

Y EL VERBO SE HIZO CANTO - Historia de mis canciones

Por Carlos Mejía Godoy

(Capítulo I )

SOMOTO

Cuando me asomé al pueblo, después de una lluvia que duró muchas horas, Somoto parecia un “chavalo de rio”: fresco, sonriente y pícaro.Con el alma lavadita y el corazón, como un chilote nuevo.

Me situé en la esquina de mi casa. Serio, como un caballito de fotógrafo de feria, para conocer los nombres de mis referentes naturales. Viendo hacia el sur, se yergue –oronda y majestuosa- la montaña azul. Ella es una matrona para todos los somoteños. A pesar de que en sus faldas se aliñan varias poblaciones: La Sabana, San Lucas, Santa Isabel, San José de Cusmapa,
no ha perdido ese halo de misterio que la envuelve desde siempre. Incluso, no falta más de alguien que asegura con
acento apocalíptico: “Algún día estallará en agua”.

Si me empino, desde el balcón de la casa de la Tía Evelina, puedo ver a mi derecha el Cerro de la Cruz, que escalé con Rudy Selva a los ocho años. Volviéndome hacia el Norte, se divisan –claritas- las Mesas de Alcayán.
Girando hacia la derecha, el Cerrito Inglés. Y, desde la esquina de Don Celestino Quintana, con su soberbia estampa, el Cerro Picudo. Lo recuerdo desde entonces: cundidito de cedros, jiñocuagos y madriales.

Lamentablemente, ahora que pasó Somoto a la categoría
de trópico seco, todo aquel maravilloso entorno que en los días de mi infancia era un poema de vida y verdor, con el despale criminal luce tan pelado como “talón de guatusa”. Por eso no me extraña que Chito Matamoros, con su eterno humor afirma: “Antes mis vaquitas daban leche. Ahora dan lástima”

Y no es exageración. Y así lo afirmo en mis entrevistas. Cuando yo era un chigüincito, no recuerdo haber visto
pasar entierros por mi casa. Somoto era tan fresco y sano que la gente no se moría. De manera que, cuando se inauguró el Cementerio de Chapalí, tuvimos que mandar a traer un muerto a Ocotal.

Y EL VERBO SE HIZO CANTO : YO NO PUEDO CALLAR

Por Carlos mejia Godoy

El año 1967, al regresar de Alemania, empecé a vincularme con el FSLN, a través de su brazo juvenil, el FER (Frente Estudiantil Revolucionario). Esta relación natural se dio, en el ambiente universitario, especialmente en la UNAN MANAGUA. En el AUDITORIO “FERNANDO GORDILLO”, se celebraban –eventualmente- Festivales de Música Testimonial (para no utilizar el clisé “canción-protesta” término acuñado por las transnacionales discográficas. En ese contexto de alegre rebeldía, antes de cumplir mis veinticinco años, empecé a mostrar mis primeras trovas de acento social y político.

Y así, mientras despuntaba en Radio Corporación con mi programa de parodias “Corporito”, trovador de la vieja y la nueva ola, iba perdiendo el temor de cantar en público aquellos temas, algunos de los cuales aún permanecen inéditos:”Desde Siuna con amor”, “Fulgencio el carretero”, “Rompe el arado rompe”, Señor Juez de Mesta” y la que dediqué a Doris Tijerino Haslam, torturada en las cárceles del somocismo:”Muchacha del Frente Sandinista”

Cuando se organizó en San José de Costa Rica el Primer Festival de la Canción Centroamericana, me pareció una gran oportunidad para enviar una de mis primeras canciones comprometidas con la realidad de nuestros pueblos. Asi nació “Yo no puedo callar”. Para interpretarla, elegí a una joven cantora, que surgió a fines de los sesenta, animada por el inolvidable promotor Luis Méndez. De la misma generación de Lucha Ordóñez y Perla Blandón, Consuelo Espinoza estaba dotada, no solo de una voz firme y segura, sino de un temperamento sobrio, coherente con su estampa de “chavala llana y silvestre”.

Luciendo un bluyín azulón y una cotona de manta, descalza y con el pelo suelto, Consuelito defendió con garra y sentimiento los versos de una canción que, exenta de pretensiones, sólo quería expresar un mensaje absolutamente sincero, acorde con los anhelos libertarios de nuestra juventud.

Para suerte nuestra, el arreglo orquestal lo hizo un chavalo de escasos veinte años, que se estrenaba como director de orquesta: Allen Torres, quien no quiso cobrar un centavo por c rear una compleja partitura para ochenta músicos sinfónicos. Desde que nuestra cantora arrancó con la primera estrofa, una ovación empezó a crecer desde las gradas. Y a pesar de que la favorita del Festival era una dama conocida como Claudia de Costa Rica, dueña de una voz operática impresionante, Consuelo se robó el cariño del público.

Y lo más dramático fue que, cuando el Jurado calficador anunció que Claudia era la triunfadora, la gente –que colmaba el Estadio Saprissa de San José, saltó al terreno a protestar y a levantar en hombros a nuestra compatriota.

Lejos de nuestra tierra natal, con esa experiencia inolvidable, estabamos echando al surco la primera semilla de lo que habría de germinar años más tarde: La canción popular al servicio de nuestra liberación

Y EL VERBO SE HIZO CANTO: DESDE SIUNA CON AMOR

Por Carlos Mejía Godoy

Acababa de estrenarse la película Desde Rusia con amor, con el mítico James Bond. Y pensando en el título de la película, protagonizada por Sean Connery, se me ocurrió decir –jugando con las palabras- Desde Siuna con amor.
Recuerdo, como si fuera ayer, que sobre el folio blanco dibujé un casquito de minero y en el frente grabé un corazoncito rojo, atravesado por un dardo. Cerré los ojos y me trasladé al infierno dorado de nuestra Costa Atlántica.

Ya para entonces había leido el libro del Profesor Santos Rivera “El Río y su sombra” y me había impactado un poema sobre la situación infrahumana de nuestros mineros, dejando en el socavón un rastro de silicosis y muerte.

En nuestras primeras tertulias con Los Bisturices Armónicos, iban aflorando las nuevas canciones. El Chocoyo Cardenal chineó el acordeón muy seriamente. Creí que iba a tirarse un tango de Gardel, pero mi sorpresa fue mayúscula, cuando poniéndome el instrumento en mis brazos, anunció con tono heráldico: Y ahora…Carlos Mejía nos va a cantar su balada Desde Siuna con amor. Me quedé estupefacto. Nadie, absolutamente nadie conocía esa canción. Cómo llegó –me seguía preguntando- a manos de Lorenzo? El mismo se encargo de develar el misterio, cuando me extendió un papel donde aparecía el texto de un jingle de Jabón Marfil y al otro lado, los versos de un minero, que al borde de la agonía, escribe una carta de amor a su esposa…

La balada, con sabor a elegía, empezó a circular entre los poetas y bohemios que nos reuníamos en casa de mi primo César Ramírez Fajardo. Mi amiga Antonina Vivas se convirtió en su mejor intérprete. Y cosa rara. pese a la simpatía que despertó desde el inicio, se mantuvo inédita durante cuarenta años.

Hace un par de días, buscando entre mis papeles apolillados, descubrí el dibujo de un casquito de minero, en cuyo frente, canta –íngrimo- un corazón desahuciado.


DESDE SIUNA CON AMOR

Desde Siuna un lugar de Nicaragua
en la América nuestra indolatina
yo te envío, mi amor, estas palabras
quizás sean las últimas que escriba

Si al leer estas líneas que te escribo
vos notás que temblando estan mis dedos
no olvidés que el barreno es asesino
que es horrible la fiebre que ando dentro

Desde Siuna, mi amor, te están llamandom
mi convulso dolor y mi agonía
dos pulmones de tisis perforados
y un pequeño corazón que no te olvida

Ya la muerte va mojando mis arterias
ya mi vida por fin se va acabando
mi existencia se apaga cual la vela
que ilumina la noche de mi cuarto

Si al final de este amargo testamento
no encontraras mi nombre. vida mía,
sólo piensa que soy algún minero
de esta América hambrienta de justicia

Desde Siuna mi amor, te están llamando
mi convulso dolor y mi agonía
dos pulmones de tisis perforados
y un pequeño corazón que no te olvida

Y EL VERBO SE HIZO CANTO : ENTRE LOS ESCOMBROS

Por: Carlos Mejía Godoy

Si, fui terremoteado. El sismo que destruyó Managua por segunda vez el año 1973, me sorprendió en mi casita, del Cine León cuadra y media al lago. Pude haber muerto achicharrado en el cuarto piso del Edificio Benard, donde quedaba la Radiodifusora Nacional. Pero, por insistencias de mi esposa Maritza Castillo, que tenía cinco meses de embarazo, bajamos por las escaleras después del primer temblor, premonitorio de la tragedia.

Antes de irnos a nuestra casa, pasamos por la Catedral, donde un grupo de estudiantes se habían tomado el templo, en protesta por los atropellos del somocismo. En el atrio, erizado de puños y pancartas rebeldes, canté “La Tumba del guerrillero”, “Muchacha del Frente Sandinista” y “Fulgencio el carretero”, que había compuesto días atrás. Cuando me acerqué a Maritza, ésta lloraba suplicando que nos fuéramos. Entre sollozos, musitó, señalando las torres del templo:-Un temblor más y morimos aquí aplastados…

Una hora más tarde, en la madrugada del 23 de Diciembre, mientras nos disponíamos a descansar, nuestra vivienda soportó el terremoto más criminal en la historia de mi país. Pero quedamos atrapados en aquel espacio de cinco por cinco y -gracias a la solidaridad de los humildes pobladores, que se movilizaron con hachas y machetes- fuimos rescatados y puestos a salvo. Afortunadamente, nuestro carrito también salió airoso de aquel percance y con lo poco que logramos sacar entre los escombros, nos fuimos a Honduras a trabajar.

Después de cinco meses de exilio forzado, entramos por El Espino e hicimos en Somoto una “escala técnica”, para que Maritza pudiera dar a luz a Carlos Alexis, que nació con el temperamento de un niño “terremoteado”.

Cuando llegamos a Managua, todo el mundo –con un optimismo a toda prueba- se dedicaba a levantarse de las cenizas. Y visitando las ruinas de lo que fue “La Novia del Xolotlán”, me topé con una estampa que jamás olvidaré: Un hombre de escasos cuarenta años, aferrado a las alambradas de la ciudad muerta, miraba tristemente hacia el punto donde estuvo la Iglesia de San Antonio. Un valsecito criollo, que un mes después grabaría en la voz de César Andrade, empezó a puntear en mi corazón.

ENTRE LOS ESCOMBROS
Letra y Música
Carlos Mejía Godoy

Entre los escombros
donde fue Managua
levanté una cruz
con mis manos sangrantes
una cruz humilde de tosca madera
para el ser más grande que tuve en la tierra

Entre las cenizas
de mi casa aquella
me envolvió su risa
su estampa pequeña
déjenme que llore
yo tengo el derecho
de volcar lo amargo
de volcar lo amargo
que llevo en el pecho

(Coro) Madre madre mía
escucha mi anhelo
aunque se derrumbe en pedazos el cielo
yo tendré presente
toditos los días
tu plegaria santa
que el dolor mitiga
Hoy que me prohíben
llegar a tu tumba
al dolor del aire
fundiré mi voz
y entre los escombros
de la ciudad muerta
prenderé las rosas
de mi eterno amor

Y EL VERBO DE HIZO CANTO: LA ABUELITA

Por Carlos Mejía Godoy

Cuando andaba en mis ocho años, allá en Somoto, pasaba más tiempo con mi abuela, que con su hija. Bajo los fustanes de Doña Lucila Armijo de Godoy yo me sentía protegido contra todas las adversidades y –más que todo- contra los regaños y los castigos de María Elsa, mi mamá. Me gané el cariño de mi abuelita, porque le ayudaba a hacer mandados y me divertía dándole de comer a las gallinas, los chompipes y a los chanchos, que ella mantenía en el traspatio de la Tía Evelina. La Nina, curiosamente, tenía predilección por los hermanos blancos: Chicoluís y Luis Enrique. Doña Lucila decidió proteger a los negritos. En ese gremio, yo funcioné como líder y recibí todos los mimos del nieto predilecto.

Pero lo que más disfrutaba, en mi óptima relación con la abuelita, era su espíritu dicharachero y picaresco. De hecho, toda esa familia, empezando por el ilustre Dr. Modesto Armijo, eran proclives a la broma y a la chanza. Cuando se referían a los personajes de la Calle real del pueblo, no usaban los nombres, sino los simpáticos apodos: Rabanito, Poca Ropa, Matraca, Mario Diablo, Butute, Camote…

Mi abuelita era juguetona. A veces, ya viuda, me decía: A ver, Carlitos, preguntame si soy casada. Yo le seguía corriente y como si fuese un entrevistador, le decía: - A ver, abuelita, es usted casada? – Ella se frotaba las manos y burlándose de las señoronas del pueblo, respondía con voz aflautada:

Yo sí soy casada
y muy honrada
es galán mi marido
como un clavel
yo le lavo, yo le plancho
y otra perra goza de él.

Acto seguido, se tiraba una carcajada, rubricando su gracia con un desparpajo, que fue la primera piedra de esa universidad familiar, que décadas después habría de incidir en mi oficio de cantor popular. Años después, cuando cumplió los 95 años, en homenaje a su espíritu siempre burlón, le dediqué esta trova.


Abuelita la abuela materna
es la niña tierna de la casa nuestra
es un ser tan menudo y sencillo
como un pajarillo que a nadie molesta
me declama sus versos de otoño
y se suelta el moño con infantil gracia
y se burla de cursis lindezas
de las niñas tiesas de la aristocracia

Abuelita abuelita
yo venero tu santa vejez
y advertí que al final del camino
como un tierno niño vuelves a nacer

Te pregunto quién es tu marido
y vos al oído contestás de boca
que eso del matrimonio es tontera
que vos sos soltera que no estás tan loca
hoy tenés con veintiséis nietos
treinta y ocho bisnietos que son un demonio
me decís que son frutos prohibidos
que los has tenido fuera de matrimonio


Abuelita abuelita
yo venero tu santa vejez
y advertí que al final del camino
como un tierno niño vuelves a nacer

Y EL VERBO SE HIZO CANTO : QUE VIVA MANAGUA

Por Carlos Mejía Godoy

Yo soy segoviano. Orgullosamente somoteño. Pero cuando conocí Managua, el año 1951, debo confesar que me quedé absolutamente maravillado.

Es que, si antes de llegar a la Capital, hubiese visitado León o Granada, el efecto no habría sido tan impactante. Pero, se imaginan ustedes? Los únicos pueblos a los que me había asomado –además de Somoto- eran Ocotal y Estelí, ninguno de los cuales tenía calles pavimentadas, ni taxis. ni rótulos de neón,
ni semáforos. Mucho menos un enorme cine, al que –pomposamente- llamaban Teatro Salazar. Y tenía aire acondicionado. Y palomitas de maíz. Y muchachas que te acomodaban con focos de mano, cuando ya la película había comenzado.

Y, por supuesto, cuando regresé a Somoto, los chigüines me hicieron rueda. Por vez primera, me sentí “el chavalo de la película”. Y la verdad es que, conocer Managua en aquel tiempo era –en términos de escala- para un pueblerino como yo, más impresionante que, para un capitalino de hoy, visitar Miami.

Y fuiste a conocer el Xolotlán? - fue lo primero que me preguntó mi primo Chico de la Cayita . Yo agarré impulso para disparar mi crónica: -Eh, con decirte que me dio miedo ir solito al Malecón para ver el lago de cerquita. Me asomaba a todas las esquinas de la Calle Candelaria y no me aburría de ver aquel cachimbazo de agua. Tronco de río, pensaba

-Y la catedral? – preguntó Moncho cachetón. Ahí sí que me tomé todo el tiempo, para responder sin ocultar mi fachentada: Ah, la catedral es cosa seria. Es como tres veces la iglesia de Somoto. Y las campanas pesan cincuenta toneladas de puro bronce.
Y cómo sabés? –indagó Chito Matamoros? - Bueno, porque el párroco es hermano de mi papá. Y allí nos hospedamos nosotros.
Todos me quedaron viendo como “leles”. Y los dejé enchilados.

Cuando terminé la primaria en mi pueblo natal, cursé un año en Granada. Volví a Managua e ingresé al Seminario Nacional para estudia sacerdocio. En 1957 colgué los hábitos y ya pude disfrutar a plenitud de aquella capital, cuyos personajes callejeros me resultaban más fascinantes que los cines modernos, los parques y los hoteles.

Cómo olvidar esos arquetipos humanos, que en medio de su pobreza y su locura, le daban el verdadero sabor a nuestras calles y mercados? “Peyeyeque”, “Cole-vaca”. “Maximiliano”, “Santos Lucero”,”La Cocoroca”. Y, por supuesto, los sitios tradicionales donde se saboreaba la auténtica cocina popular: “La Chumila”, “El Verdi”. “La Hormiga de Oro”, “La Carne asada del Gran Hotel” y por supuesto el Comedor de mi inolvidable amigo Chico Toval, a quien menciono en este corrido, escrito a raíz del terremoto.

QUE VIVA MANAGUA

Letra y Música
Carlos Mejía Godoy

Se los juro por dos cruces
que en el propìo Campo Bruce
vine al mundo por albur
y me crie donde una tía
de El Infierno media arriba
donde había un poste-luz

Me sacaron de la escuela
me metieron al Goyena
qué tremenda decisión
y en las bancas solitarias
de aquel Parque Candelaria
hilvané el primer amor

(CORO)
Que viva Managua
que viva Managua
que surja de nuevo
bajo el ancho cielo
su inmenso vigor
Que viva Managua
mi grito es sincero
para el pueblo heroico
que ha caido estoico
mirando hacia el sol

Soy Managua hasta las cachas
qué bonitas las muchachas
que en la Roosvelt piropié
minifaldas y escotes
que en la esquine-los-Coyotes
tantas veces contemplé

Cierto que la vida es breve
mas la sopa de los Jueves
fue delicia semanal
y la media fabulosa
con boquitas bien sabrosas
allá onde Chico Toval

(CORO) Que viva Managua…

No hay Managua que no añore
y sin pena alguna llore
su querida capital
francamente da cabanga
el olor de la fritanga
y el mondongo colosal
el bochinche en los mesones
las canciones, los pregones
del Mercado San Miguel
la tortilla con cuajada
y la rica Carne asada
frente al propio Gran Hotel

(CORO) Que viva Managua…

Y EL VERBO SE HIZO CANTO: SOY UN CIEGO

Por Carlos Mejia Godoy

Desde que tengo uso de razón, siempre me he formulado esta pregunta: Los ciegos de nacimiento, ven “oscuro” o simplemente “no ven”? Y he llegado a la conclusión, platicando con mis amigos no videntes, que quien no ha conocido jamás la luz, no puede tener concepto de la oscuridad. Mucho menos podrá entender qué es un amarillo, un rojo, un celeste.

Pero eso sí, los ciegos de nacimiento tienen sus otros cuatro sentidos mucho más desarrollados que nosotros. Porque ellos
-utilizando un fenómeno sicológico llamado sinestesia- “ven”
con el tacto la piel de una naranja.“Miran” con el oido la vocinglería de los pájaros. Y –por qué no?- son capaces de “contemplar” el perfume de un jazmín. Y, precisamente, gracias a ese oído prodigioso, hemos conocido y aplaudido a músicos de la talla de Ray Charles, Steve Wonder, José Feliciano, Andrea Bocelli y, al más célebre de todos: Joaquín Rodrigo, el magistral creador de El Concierto de Aranjuez.

Al filo de esta reflexión, el año l967, fui hilvanando los versos de lo que sería mi primera balada romántica. En ella, intento apropiarme de la vivencia de un ciego, profundamente enamorado, quien –lejos de inspirar lástima- reinvindica el privilegio de amar, con todo el desborde de sus sentidos.

Así nació este modesto homenaje a mis hermanos no-videntes, con el que, siendo un chavalo de 24 años, participé en “la antesala de la OTI”, el Primer Festival Latino Mundial. Concursaron cien canciones de treinta países y después de dos eliminatorias, “Soy un ciego”, interpretada por el joven cantor Mauricio Peña, quedó entre las diez finalistas, para obtener finalmente el honroso Séptimo Lugar.



SOY UN CIEGO Letra y Música
Carlos Mejía Godoy

No necesito verte
para saber que estás conmigo
porque para quererte
a mí me sobran los sentidos
Quisieron desterrarte tras la noche
de mis ojos
no saben que yo vivo
palpitando en tus coloquios

Que soy ciego te grita la gente
no lo niegues, diles la verdad
que los ciegos queremos a veces
con más fuego con más ansiedad
pues los ciegos tenemos los ojos
más abiertos a la inmensidad

No envidio a los que gozan
con los matices de las rosas
ni a los que se estremecen
frente al incendio de la aurora
Te intuyo en la distancia
como un río de agua fresca
y salen a encontrarte
de fervor mis manos llenas

Y EL VERBO SE HIZO CANTO: LA SOMOTEÑA

Por Carlos Mejia Godoy

Cuando éramos chigüines, nuestro gozo era acarrear el precioso liquido en cojinillos de madera y aluminio, en el lomo de los simpáticos burritos, que igual que las celebres rosquillas somoteñas, son parte del escudo heráldico del departamento de Madriz.

A orillas del Michigüiste, en los años cincuenta, quedaban los Baños públicos “La Ilusión”. Las familias más pudientes iban de paseo, con sus morralitos de comida casera. Acampábamos bajo los frondosos palos de mango, jocotes y guayabas. Algunos bajaban hasta las pozas del río. Otros se limitabas a meterse bajo las regaderas, instaladas en pequeños cuartitos o cubículos, que pertenecían al recordado Don Ramón González.

A orillas del Michiguiste se apreciaban manchas de palos de bambú y no olvidare jamás cuando, temblando de pasión y ternura, por primera vez dibuje, con un cuchillo de mesa, un corazoncito atravesado por una flecha y junto al símbolo amatorio, las iniciales de la chavala que me arranco los primeros suspiros de mi pubertad. Se llamaba Janeth; hija del Dr. Paiz, medico militar, que llego de Managua, transferido por espacio de dos años.

La Poza de Musunce era hermosa y profunda. Yo miraba con envidia a los chavalos de mi edad, tirarse desde un tigüilote, con una facilidad y una audacia, que me dejaba “lele” de admiración. Tenía pánico de morir ahogado. Y eso me inhibió de vivir una de las emociones de aquellos años: nadar y retozar en medio de aquella fecunda vocingleria infantil.

Mi hermano Armando, el menor de los varones, tuvo el privilegio de vivir intensamente todas las peripecias y epopeyas de un autentico “chavalo pueblerino”. Eso le permitió, no solo vivir intensamente ese periodo de la vida, sino –lo más importante- conectarse con el entorno natural. Por eso, entre nosotros, es el más profundo conocedor de los árboles, la flora, la fauna, las costumbres, tradiciones y –sobre todo- el patrimonio cultural de esta zona privilegiada. A su oficio de agrónomo, añadió un ojo de lince, para descubrir los vestigios de nuestros ancestros: cerámica, petroglifos, sitios ceremoniales y todo tipo de referentes de nuestra herencia prehispánica mesoamericana.

Y así, disfrutando el hermoso panorama de mi pueblo natal, nació mi segunda canción:




LA SOMOTEÑA Letra y Música: Carlos Mejia Godoy

Cuando recuerdo los días
de la infancia que se fue
coge un sabor a sandía
mi garganta, yo no sé
agua se me hace la boca
con el recuerdo de ayer
como si un mango celeque
yo mordiera sin querer

(CORO)
Somoteña somoteña
dueña de mi inspiración
en el color de tu trenza
se hace pedazos el sol
Somoteña somoteña
si no escuchás mi canción
se hace chingaste de un golpe
todito mi corazón

Nido pequeño colgado
del paisaje montañés
pueblo mío segoviano
de la palma y el ciprés
con tu verde melodía
la guitarra del pinar
me va curando la herida
de quererte más y más

(CORO) Somoteña somoteña…

Cuando vaya hasta El Espino
para verte sólo a vos
que toditos los caminos
se detengan en tu honor
que se incendie de malinches
la Bajada del Tablón
que revienten los corteces
en tu blusa de algodón

(CORO) Somoteña somoteña…

Y EL VERBO DE HIZO CANTO : EL ALMENDRO DE ONDE LA TERE

Por Carlos Mejía Godoy

Era el Somoto de l953. Con diez años cumplidos, me quité
los pantalones chingos, para calzarme el primer pantalón de remaches, encargado especialmente a Chinto Flores, que viajaba a San Marcos de Colón, Honduras. El mejor zapatero del pueblo, Don Julio Delgadillo, me hizo un par de “burros”, que parecían diseñados para trepar la cumbre del Cerro Picudo.

Los Domingos, religiosamente, al salir de misa, había que cumplir con una especie de ritual: pasar saludando a mi bisabuela, Mamá Josefina: una recia matrona de 105 años, absolutamente lúcida, como para llevar con rigor y autoridad ese hermoso barco de la Familia Armijo, que con sus cuatro pianos, poblaba de valses vieneses la Calle Real.

Todos los miembros de este clan familiar, desde el Doctor Modesto Armijo, Ministro de Instrucción Pública y hermano de mi abuela Lucila, hasta el cumiche de esta inmensa marimba, desfilaba con las manos juntas ante la Matriarca. Ella, con su humor característico, parecía pasar lista, mencionando a cada uno por su nombre, al tiempo que ponía en nuestras manos un huevo chimbo y una cajeta de leche, dulces que personalmente elaboraba su sobrina Teresita.

La Tere, como le decíamos, era –desde jovencita- el alma de esa casona solariega, donde echó sus raices el frondoso ceibo de los Armijo. Muy cerquita de la pulpería, que ella manejó hasta el último día de su vida centenaria, se alzaba el palo de almendras, testigo de nuestras correrías infantiles.

Como la prima de Antenor Sandino Hernández, María Mercedes, que inspiró el famoso soneto del Poeta descalzo de León, María Lourdes Paguaga Huete se convirtió en la musa silenciosa de mis primeros versos, que más tarde empollaron esta canción.


AQUEL ALMENDRO DE ONDE LA TERE

Aquel almendro de onde la Tere
es el testigo de mi niñez
bajo su fronda de ancha mesura
caí redondo de calentura
por tu cariño María Inés

Zapatos burros, pantalón chingo
miré la aurora de tu rubor
vi el fondo claro de tus pupilas
como dos pozas de aguas tranquilas
donde mi infancia se sumergió

Si me preguntan por qué tu nombre
no lo podría nunca olvidar
has de saber que lo llevo dentro
en el aroma de los almendros
que hoy retoñaron en mi solar

Hoy que pasé por la pulpería
la Tere Armijo me vio llorar
en mis pestañas alborozadas
quedó una lágrima rezagada
de aquel ayer que no volverá

Mirando al fondo de la casona
mi pecho todo se estremeció
sentí de golpe toda mi infancia
cuando llegaron con su fragancia
las hojas de aquel almendro en flor

Y EL VERBO SE HIZO CANTO: CUANDO CAE LA BRISA

Por Carlos Mejia Godoy

A mediados del año 1965, el Lic. Reynaldo A. Teffel me llamó a su oficina, para hacerme una oferta que –como dijo El Padrino, en la novela de Mario Puzzo- no podía rechazar. La fundación Konrad Adenauer me otorgaba una beca que me permitía, por espacio de un año, visitar las emisoras y los canales de T.V. de la República Federal Alemana (RFA), para conocer las nuevas técnicas de comunicación. Obviamente, yo acepté gustoso y en Enero de 1966, tomaba el avión de Lufthansa hacia Berlín.

Confieso que estuve a punto de regresarme al cumplirse un mes de mi arribo. Primero, por el frío. Y segundo, por las dificultades para aprender un idioma, del cual no tenía la mínima referencia.
A estos dos escollos, se agregaba el hecho de estar –por primera vez- lejos de mi familia y mi novia. Yo tenía apenas un año de “jalar” con la Somoteña de mi Corazón: Ariana Peralta, con quien habría de casarme dos años después. De ese feliz matrimonio, nacerían mis primeros hijos: Carlos Alberto y Jorge Eduardo.

En el pueblecito de Schäwich Hall, cerca de Stuttgart, recibí un curso intensivo del difícil deutsche sprache y –gracias a la solidaridad del colombiano Jorge Enrique Pulido, asesinado por el narcotráfico años después- soporté esos días realmente tortuosos.
En medio de aquel ambiente gris, atenazado entre el invierno crudo y la nostalgia, me refugiaba frecuentemente en un salón del Göthe Institut, donde un antiguo clavicordio, esperaba –como el arpa de Bécquer- la mano que llegara a darle vida. Y, casi de manera clandestina, empecé a componer una canción, mientras en la ventana el frío daba dentelladas…

Cuando cae la nieve en esta Navidad
tu recuerdo se hospeda en mi pecho prendido de amar…

Cuando regresé a Nicaragua un año más tarde, busqué a mi amigo Ricardo Palma, director de Los Rockets y le ofrecí mi balada para el repertorio de la agrupación juvenil más popular de Nicaragua. Pero Ricardo fue muy sincero: -Ve, Carlos, la melodía está bonita, pero la letra está “por los aguacates”.Qué tienen que ver estos calorazos perros de Nicaragua con la nieve de tu canción?-

El rockero tenía razón. Y asì, el texto original se quedó en una carta de cavanga. Y la canción, en formato instrumental, pasó al surco del acetato y fue estrenada en la noche del “Monje de Oro” aquel inolvidable 1968. Un año más tarde, el empresario Manuel Jirón me solicitó un tema inédito para el primer L.P. de su esposa, la gran cantante Perla Blandón. Y, parodiando mi añoranza invernal, nació esta balada:

CUANDO CAE LA BRISA

Cuando cae la brisa
que se duerme en el mar
tu recuerdo se anida
en mi pecho prendido de amar
Cuando cae la brisa
con su dulce canción
en los mudos cristales
nuestras iniciales
se enlazan de amor

Navidad Navidad
pino verde repleto de luz
si tu ausencia es un brindis amargo
mi mejor aguinaldo eres tú

Y EL VERBO SE HIZO CANTO: CHINTO JIÑOCUAGO

Por Carlos Mejia Godoy

El hombre entró a la Miscelánea Elsa, la pulpería de mi mamá, en la Calle Real de Somoto. Traía un sombrero raído, una alforja y su machete Colins: “la pluma-fuente” como se decía en aquella época. El hombre, callado, se dedicó a asomarse a las vitrinas, en busca de nada. Mi madre, siempre laboriosa, lo observó mientras –como Penélope provinciana- seguía tejiendo, en espera de su esposo Chas Mejía, quien ya venía por la bajada de El Tablón, procedente de El Espino.

Yo, sentado en el viejo piano de la Tía Evelina, sacaba un valsecito añejo. Doña Elsita, aguda observadora como todos los Armijo, se acercó y me dijo, sin dejar de tejer: -Carlitos, asomate a la pulpería y vas a ver a un hombre, cundidito de cicatrices. Parece un palo de jiñocuago en camino real.

Cerré el valsesito y con disimulo busqué la puerta de la calle. El hombre estaba de espaldas, tocando con sus dedos ásperos un vestido azul de poplín, que colgaba de la pared. Por fin, habló:
- A cómo lo tiene?
- Es de partida-respondió mi mamá- vale treinta pesos
- A pues el otro domingo vengo por él. Yo soy de aquí nomasito de Cacaulí. No se acuerda de mí, Doña Elsita?. Yo trabajé con su hermano, el finado Carlos Arturo-
- Ah, si? El ya ajustó los diez años de fallecido- dijo mi madre
- No, si para qué! Estaba entero el hombre- agregó el de Cacaulí.

Ahora sí pude ver clarito su rostro. Una cicatriz enorme le cruzaba la cara, desde la frente hasta la barbilla, partiéndole la ceja, la nariz y el labio. Pero, además, en el cuello tenía un tremendo verdugón, del tamaño de un geme. Y, de ipegüe, en ambos brazos se miraban, claritos, los efectos de un clinche de cantina, donde –a todas luces- nuestro personaje había quedado “en alitas de cucaracha”.

Y recordé la frase de mi mama. Parece un jiñocuabo en camino real. El hombre se alejó por las calles de Somoto. Y yo me senté al piano. Me olvidé del valsesito añejo y empece a escribir esta
canción.

CHINTO JIÑOCUAGO

Esta seña condenada
que en la frente se me ve
yo la quiero con el alma
ya les vua contar por qué
la montaña fue testiga
que me escapé de morir
en la guerra de Sandino
combatiendo en Apalí

CHINTO JIÑOCUAGO
DE DICEN A MI
VENGO SEÑALADO
DESDE QUE NACI
TRAIGO EN CADA SEÑA
UNA HISTORIA QUE VIVI
LLEVO UNA LEYENDA
EN CADA CICATRIZ

Este agujero tremendo
que mi brazo perforó
no es como dice la gente
que es un hoyo de inyección
me lo pegó un alistado
dizque por casualidad
ni con cebo serenado
se me ha podido borrar

Este surco bien clarito
me sobó la yugular
para ser mas patentito
me lo dio Melchor Pastrán
fueron dieciocho puntadas
cocidas de tres en tres
por aquel beso robado
que le dí a la Rosa Inés

Esta raya que me cruza
la ceja con la nariz
me la pegó Chon Lanuza
un varón de Cacaulí
junto al propio Macuelizo
me agarró de refilón
hasta que me pongo erizo
cuando toco el verdugón

13 de jun. de 2008

CARTA A LA SRA ROSARIO MURILLO

CARTA A LA SRA ROSARIO MURILLO
Y DECLARACION AL PUEBLO NICARAGUENSE

Por: Carlos Mejía Godoy

Sra Murillo:

Por medio de la presente, quiero expresar mi firme y formal protesta por el uso y abuso que el partido de gobierno está llevando a cabo, con mi Canción titulada “LA CONSIGNA”.
Como ya expresé hace dos años, a raíz de la muerte de nuestro hermano Herty Lewites, la única obra musical de mi autoría que yo cedí al Frente Sandinista, cuando yo pertenecí a sus filas, es el llamado HIMNO DE LA UNIDAD SANDINISTA.

Todo el resto de mi modesta, pero digna obra musical y literaria, está registrada en la SGAE (SOCIEDAD GENERAL DE AUTORES DE ESPAÑA), con mi código de socio LW -355477.
Hace menos de 24 horas he enviado un Correo a España, para manifestarles que se nieguen rotundamente a autorizar al Partido FSLN y al Gobierno de Nicaragua, de cara a la difusión, explotación y comercialización de las 208 canciones, que conforman mi patrimonio artístico, que será –igual que mi dignidad patriótica y revolucionaria- la única herencia que dejaré a mis hijos.

En el contexto dramático, que vive nuestro pueblo, amenazado nuevamente con otra dictadura familiar, réplica sórdida de la tiranía de los Somoza, no puedo permitir que las canciones, inspiradas precisamente en el sacrificio e inmolación de miles de hermanos nicaragüenses, sirvan de fondo musical, para continuar –desde las tarimas enfloradas- la tragicomedia más vergonzosa de los últimos años.

Y como tengo todo el derecho a dudar de la aplicación de las leyes en mi país, ya que que la Justicia está secuestrada por el llamado pacto liberosandinista, siempre voy a acudir a los tribunales nacionales, pero así mismo buscaré respaldo en el ámbito internacional, como miembro que soy de la SGAE, organismo de derechos de autor, con proyección mundial.

Y aprovecho esta oportunidad para denunciar el atropello contra LA MORALIMPIA, conviertiéndola en el fondo musical de los largos y aburridos discursos del caudillo. Si la Familia de Justo Santos –como suponemos- recibe los royalties de ley por el uso y el abuso, no tengo “vela en ese entierro”.Lo único que exijo es que la versión que nosotros grabamos en España y que es la que la Familia gobernante utiliza, sea retirada de los medios oficiales (Radio y T.V.). Les doy una semana para hacerlo.

Y como los demagogos del Canal 4 y Radio Ya, van a empezar a ladrar, diciendo que yo ando en busca de dinero, les recuerdo lo mismo que le dije a Lupillo Rivera, cuando intentó destrozar nuestra Canción “SON TUS PERJUMENES MUJER”. Esta no es una demanda económica, sino moral. No obstante, aclaramos: si persisten en abusar de la obra musical que no les pertenece, entonces sí habrá lugar a una demanda jurídica internacional. Y óigase bien, todo lo que produzca dicha demanda, no tocará las yemas de mis dedos, sino que irá directamente al fondo para continuar la lucha por la democracia.

Finalmente, quiero expresar al pueblo nicaragüense, sin distingos de ideologías y partidos políticos y opciones religiosas. Aparte de los medios de comunicación del gobierno (Radio, T.V. y tarimas
oficiales), el pueblo nicaragüense, -mi querido pueblo al que me debo como artista y como luchador desde hace 40 años- tiene pleno derecho a utilizar estas canciones, en sus barrios, en sus movilizaciones, en la calle, en el centro de trabajo y en el hogar.

PD. Señora Murillo: No usurpe la música que no le pertenece. Me consta, que Ud tiene suficiente talento literario para hacer canciones. Y si no encuentra en Nicaragua a quienes le pueden poner música a sus versos, no desfallezca. Quizás en el exterior encuentra a algún rapsoda solidario. Buena suerte…!!!

Carlos Mejía Godoy

Eduardo Guayo González y Quincho Barrilete: a 30 años de distancia

Franklin Caldera

La década de 1970, que partiría en dos la historia contemporánea de Nicaragua, trajo para los nicaragüenses tres momentos de gloria: el triunfo del equipo de Nicaragua sobre el de Cuba en el campeonato de béisbol aficionado poco antes del terremoto del 72; la coronación de Alexis Argüello como campeón mundial peso pluma en 1974 (derrotando al mexicano Rubén Olivares); y el primer lugar obtenido por la canción Quincho Barrilete de Carlos Mejía Godoy en el Festival de la OTI (Organización de la Televisión Iberoamericana) en 1977.
Esa noche, los reflectores del mundo hispanohablante se concentraron sobre un muchacho alto y delgado con voz extraordinaria (que quisieran tener muchos cantantes de fama internacional): Eduardo Guayo González, que interpretó la canción en el festival. La euforia alrededor del triunfo de la Revolución Popular Sandinista en el 79 y el hecho de que Guayo optara por el autoexilio han mantenido apagados esos reflectores. A 30 años de distancia, volvemos a escuchar su voz en vivo.

Los preparativos

A las doce de la noche, hora de Madrid (6 p.m. en Nicaragua), del 13 de noviembre de 1977, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, con capacidad para 500 personas, ubicado en la Plaza Colón, arrancó el Festival de la OTI.

Todas las representaciones de los países se hospedaron en el Hotel Princesa sobre la avenida del mismo nombre. Guayo se hospedó en un hotel ubicado sobre Fuen Carral, muy cerca de la Gran Villa, en el cual estaban hospedados Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina. Carlos presentó a Guayo a la compañía disquera CBS española, que contrató a este como uno de sus artistas. Los representantes de CBS escucharon los arreglos que Guayo llevaba de Quincho Barrilete, obra del arreglista mexicano Ismael Díaz, y determinaron que no estaban a la altura del evento.

La CBS escogió como arreglista al español Manolo Gass y determinó que la canción, por su tema y mecánica, necesitaba un coro de niños. “Estos son detalles que contribuyeron al triunfo de Quincho Barrilete”, afirma Guayo, sentado en mi oficina de traducciones, en la soleada ciudad de Miami, para una entrevista que se extendió del 9 al 12 de octubre de 2007, a la hora de almuerzo.

El coro de cinco niños, cuyas edades oscilaban entre los 8 y 13 años (un venezolano, tres españoles y un colombiano), salió del Conservatorio Escolanía de la Sagrada Familia. Mientras se cocinaban los detalles de la presentación, Guayo perdió los dos primeros ensayos, de un total de tres. “Cuando llegué a ensayar al Centro Cultural de la Villa de Madrid, fue la única oportunidad que tuve de estudiar los arreglos nuevos, de acostumbrarme al coro de los niños y ver el escenario donde iba a actuar, antes de la presentación final. Todas las demás delegaciones, de 21 países, tuvieron tres oportunidades de hacerlo y convivir con la orquesta de 42 músicos. Esa desventaja me motivó más a dar lo mejor de mí mismo”.

El evento

Al mediodía del 12 de noviembre, los participantes fueron llevados al Centro Cultural de la Villa de Madrid, donde se les asignaron sus respectivos camerinos. El espectáculo comenzó a la medianoche. Entre el público se encontraban luminarias como Camilo Sesto, Paloma San Basilio y Rocío Dúrcal, así como personas allegadas al medio artístico, diplomáticos y periodistas.
Guayo fue el número trece entre los concursantes. Cantó a las 2:00 de la madrugada. Las actuaciones concluyeron a las 6:00 de la mañana. Entre los cantantes concursantes estaban Lissette Álvarez, representando a Estados Unidos (hija de Tony Álvarez y Olga Chorens, del Show de Olga y Tony en la Cuba prerrevolucionaria, y actual esposa de Willy Chirino); Trigo Limpio, por España; Napoleón por México; Ximena por Colombia; Aqua Marina por Puerto Rico. Entre los compositores conocidos a nivel mundial concursaron Chabuca Granda de Perú que llevó una canción titulada Landó landó, y Juan Carlos Calderón de España.

Terminadas las presentaciones se procedió a llamar por teléfono a los canales de televisión pertenecientes a la OTI para que emitieran tres votos. Al principio de la votación, Estados Unidos iba a la cabeza. De pronto, muchos países comenzaron a darle votos a Nicaragua (Costa Rica, España y México le dieron un voto; Honduras, El Salvador y Guatemala le dieron sus tres votos). Estas votaciones telefónicas fueron el único medio de elección. El jurado presente no tenía derecho a votación, limitándose a ser testigos oculares del evento y certificar que la votación se efectuara debidamente.

Antes del festival, a las 5:00 de la tarde de España, se había realizado un ensayo general que fue transmitido a los diferentes países participantes por circuito cerrado, para que los jurados de cada país tuvieran la oportunidad de ver las actuaciones por lo menos dos veces.

Antecedentes


En 1974, cuando conoció a Carlos Mejía Godoy, Guayo estaba recién casado y esperando a su primer hijo, Jonathan. Se había trasladado de la UNAN (Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua) de León al campus de Managua para estudiar Ciencias Económicas, en vez de Medicina, carrera que cursaba en la ciudad metropolitana. En ese año Carlos Mejía Godoy se presentó con su acordeón en ese centro de estudios superiores, acompañado por Julio Sandoval Cansino (flautista, pianista y controlista; hijo de Marta Cansino y Julio César Sandoval, de Radio Mundial). Terminada la función, Carlos dijo que estaba pensando formar un grupo musical y que aquellas personas que tocaran un instrumento o cantaran y que tuvieran interés en participar se contactaran con él.
Guayo se presentó ante Carlos manifestando su interés de participar en el grupo como cantante y guitarrista. Al día siguiente se reunieron en la Publicidad Centroamericana, situada en Altamira de Este, Segunda Etapa, en una casa que colindaba patio a patio con la casa de la abuela de Guayo, donde él vivía en ese momento. Carlos le entregó la canción Cuando venga la paz para que se la aprendiera. Dos días después Guayo se presentó donde Carlos a cantarle su canción y desde ese momento comenzaron a cantar juntos. En Radio Corporación Carlos tenía un programa llamado Al filo de la madrugada. Allí Guayo cantó Aquel almendro de’onde la Tere, El lirio y la fuente, La sirena en el río, Cuando tú llegues y otras, muchas de las cuales no se han grabado hasta el día de hoy.

Guayo cantó, como solista, Aquel almendro de’onde la Tere en el segundo elepé de Carlos con los hermanos Duarte (Enrique, Sabino, muerto antes de la Revolución, y la Chunga, provenientes de Río Blanco) y Julio Sandoval, denominado En la calle de en medio, producido por SONORAMA con sello Palacagüina. Con los hermanos Duarte el compositor había grabado Cantos a flor de pueblo. El grupo Los de Palacagüina se formó poco después con Enrique y la Chunga Duarte, Humberto Quintanilla y Silvio Linarte.

En 1975 Guayo cantó Cuando venga la paz, de CMG, en el Festival Interamericano de la Canción celebrado en el Gimnasio Nuevo Panamá de ese país. Los arreglos los hizo Bob Porter, estadounidense. La canción obtuvo el tercer lugar. En 1976 participó en el festival español de Benidorm, en Costa Rica, con la canción Algún día, de CMG.

Después de eso, Carlos y su grupo, Guayo, Marta Sandoval Cansino, Consuelo Espinoza y otros, grabaron muchos jingles publicitarios (para la MILCA, el Café Presto, etc.) en GRABANICSA, propiedad de Lorenzo Chocoyo Cardenal, donde también se grabaron los dos primeros elepés de Carlos, ubicada cerca de la entrada a Esquipulas por la Carretera a Masaya.

Eliminatorias

Carlos se fue para España con Los de Palacagüina, donde grabó el long-play titulado Son tus perjúmenes, mujer (con la canción folclórica del mismo título, recopilada por los Bisturices Armónicos, la canción más sonada ese verano en España). En 1977, en octubre, se hizo en Nicaragua, por primera vez, la eliminatoria para el Festival de la OTI, para elegir al cantante y al compositor que representarían a Nicaragua. Nos dice Guayo: “Desde España, Carlos me mandó un casete con la canción Quincho Barrilete y cien córdobas que era el valor de la inscripción del tema en el festival, con la recomendación de que si el tema no era de mi agrado se lo pasara a Consuelo Espinoza. Inscribí el tema en la oficina de la OTI abierta para ese efecto. Allí trabajaba Anabell Vivas, esposa de Peter Vivas, publicista”.

Para la eliminatoria Carlos no estaba en Nicaragua. Se inscribieron entre 150 y 200 temas, de los cuales fueron seleccionados 20 para participar en la gran final que se llevó a cabo el primer fin de semana de octubre en el Teatro Nacional Rubén Darío. La primera noche, el viernes, se escogieron diez temas; la segunda, cinco; y la tercera, domingo, los tres finalistas, quedando Quincho Barrilete en primer lugar; en segundo lugar, Cantar cantar de Lucía Kelly, interpretada por Consuelo Espinoza; y en tercer lugar, Gaviota de alas blancas, de Carlos Romero Vega, nieto de Alejandro Vega Matus, interpretada también por Guayo, quien además cantó Un mundo lleno de amor de Fruto Montes. Entre las canciones que concursaron estaban Almohada de Adán Torres (uno de los fundadores de Los Rockets), cantada por Mauricio Peña, que después fue popularizada por José José; y Chavala mía de Roberto Araquistáin.

En palabras de Guayo, “la canción Quincho Barrilete trata sobre un niño de cualquier país del mundo que a temprana edad se gana el pan con el sudor de su frente, que ayuda a subsistir a su familia y a que sus hermanos tengan el derecho de estudiar. Un sostén económico siendo un niño. Esa es una realidad de todos los países iberoamericanos y en muchos países del mundo. Es una canción que refleja una realidad social y no una ideología política determinada. La canción tiene ritmo de polca de circo (la música popular tejana también tiene ritmo de polca). A muchas personas el término ‘de circo’ les parece peyorativo, pero el circo más famoso del mundo, el Cirque du Soleil, tiene su propio estilo de música, muy respetado e interpretado con orquesta sinfónica. El arreglo que se le hizo a Quincho Barrilete en la OTI fusionó diferentes estilos musicales. En Nicaragua sonaba como marcha de banda de pueblo. Pero en España se presentó con el impacto de los grandes musicales de Broadway. Allí, a la canción se le lavó la cara, se le puso traje nuevo, se le puso un coro de niños, se le hicieron unos arreglos especializados, todo lo cual tuve que asimilar prácticamente en un día. El esfuerzo del intérprete no puede ser ignorado. Un triunfo internacional no recae sobre una sola persona, recae sobre un grupo de trabajo y sobre un esfuerzo compartido”.

Después de la OTI

Con el premio en la mano, Guayo regresó a Nicaragua un 20 de diciembre, tras haber grabado en los estudios Kirios de Madrid su primer long-play titulado Guayo, Quincho y Compañía, con el cual fue a un programa de televisión llamado Gente Joven donde tuvo oportunidad de compartir con Lolita, hija de Lola Flores y hermana de Rosario. También apareció en Esta Noche Europa, Trescientos Millones y en el programa radial Carreteras. Los cuatros eran los programas más importantes de España relacionados con el mundo del espectáculo (todos de Radio-Televisión Española).
A su regreso a Nicaragua a Guayo lo esperaban en el aeropuerto sus padres y hermanos, (catorce en total), y un señor llamado René González, pariente lejano. Lo llevaron a un restaurante en El Crucero y como a las 3:00 de la tarde llegaron todos a Diriamba, cuna del cantante, donde le tenían preparada una bienvenida descomunal, programada por René (miembro de PRODECA, empresa privada en pro del desarrollo de Carazo, de la que era presidente Horacio González Rappaccioli, primo de Rodolfo González, padre de Guayo). Todo el pueblo estaba allí, esperándolo. El Canal 2 cubrió y transmitió el evento.

“A mi regreso –dice– encontré un país totalmente pendiente de las noticias que hablaban del Frente Sandinista de Liberación Nacional y de Somoza. Allí no importaba si alguien ganó o perdió. Todo estaba dirigido hacia esa insurrección que se esperaba. Empecé a visitar estaciones de radio como La Corporación, Estación X, Radio Mi Preferida, Radio Centauro, Radio Católica, donde dejé mi long-play para que fuera promocionado. No recuerdo que ninguna de ellas lo haya puesto. En el único lugar donde recuerdo haber trabajado cantando fue el Canal 2, que en ese tiempo era propiedad de Octavio Sacasa, persona que siempre me brindó su apoyo”.

Debido a la situación interna optó por presentarse en el exterior. En Costa Rica inauguró el Club Pantera Rosa y el Playboy de San José, así como el Aloa de Cartago. En Panamá se presentó en el Zebra. Durante un mes en Guatemala trabajó en el Canal 3 en un programa llamado Venga con Chalo, Venga, dirigido por el italiano Alberto Antonioti, y se presentó en Chiquimula, Puerto Barrios, Xelajú y en la Antigua; trabajó en el Sheraton y en el Guatemala Fiesta y en el club nocturno Maracas. Sus presentaciones en el Maya de Honduras fueron todo un éxito. En Bogotá, Colombia, cantó en el Paletará, cerca del exclusivo barrió el Chicó.

Entre la espada y la pared

En Nicaragua la situación iba recrudeciendo. En el mes de septiembre de 1978 los sandinistas se tomaron por una semana completa cinco ciudades: Estelí, Masaya, León, Matagalpa y Chinandega. Eso fue una medida de fuerza previa a la insurrección final de julio del 79. Desde el 76, Guayo y su esposa habían establecido residencia en León, en casa de la suegra de Guayo, que ayudaba a cuidar a los dos hijos pequeños del matrimonio. Recuerda Guayo: “Durante esa toma de ciudades, mi casa de habitación en León fue ametrallada por combatientes sandinistas que dieron como justificación el que yo no tuviera una definición política. Allí la cuestión era, o ser de Somoza o ser del Frente. Y ese hecho fue el que me dio la pauta para salir de mi tierra. Nosotros nos manteníamos en la parte del fondo de la casa. La casa fue baleada por la parte de la puerta principal. Ellos esperaban que yo tomara una metralleta y me integrara a la insurrección, cosa que nunca estuvo en mis planes. No importaba que tuviera dos hijos pequeños, de uno y dos años, y una esposa”.

Continúa su relato: “En tales condiciones, no había lugar para trabajar en Nicaragua ni era importante escuchar a cantante alguno. Después de esa toma, cada vez que regresaba a Managua, me paraban los retenes de la EEBI (Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería de Somoza) a la salida de León, en La Paz Centro, en Nagarote. Muchas veces me bajaron con un rifle cerca de la oreja para un cateo. Muchas personas a las que se les encontraban armas o propaganda sandinista perdieron la vida en tales cateos, quedando enterradas en esos mismos lugares. Cuando algún soldado me reconocía, me tildaba de cantante revolucionario por haber interpretado una canción de Carlos Mejía. Otros me saludaban con admiración porque no dejaban de ser parte de un pueblo aunque en ese momento estuvieran desempeñándose como soldados de combate”.

El exilio

El 6 de diciembre del 78, Guayo salió de Nicaragua, aprovechando la visa estadounidense, puesto que había hecho giras por aquel país a través de Napoleón Guerrero, esposo de Lucha Ordóñez, que vivía en San Francisco. “La situación de guerra era muy fuerte y muy sangrienta. Peligrosa”. Aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Miami el 6 de diciembre de 1978 a las 2:00 de la tarde, en uno de los últimos vuelos de La Nica. “Vine a un país donde no tenía ningún familiar ni referencia alguna, más que unas primas que vivían en Hialeah y que no había visto nunca en mi vida, a las que les traía una carta. Logré hacer contacto con ellas y allí pasé mi primera Navidad en el exilio, añorando a mi mujer y a mis hijos. En mayo de 1979, ellos viajaron para Costa Rica donde estuvieron por unos meses hasta que obtuvieron visas para Estados Unidos, proporcionadas por el Departamento de Estado, las que conseguí después de 10 meses de dura lucha, a través de un programa de televisión del Canal 51 de Miami llamado Nuestra Gente, que promovía el turismo de Colombia. Su directora, Ligia Rey Quintero, trabajaba para el Consulado de Colombia y como diplomática podía dar visas a personas que vinieran a Estados Unidos bajo sus servicios. Yo trabajaba con ella en ese programa, haciendo entrevistas y cantando”.

Mientras aparecía en ese programa, Guayo se ganaba la vida como cocinero, pintor, recolector de basura, constructor de ventanas para barcos, empacador de azúcar… En ese tiempo el Canal 51 se transmitía en inglés, con 3 horas de programación en español los domingos. Estaba en Pembroke Road, condado de Broward, Hollywood, Florida. Guayo no comenzó a cantar hasta a los dos años de estar en Miami, como cantante de piano bar en el Sweet Chateau, un restaurante con discoteca por la noche, en la avenida 32 y la calle 36 del South West. En 1982 la Asociación de Comentaristas y Críticos de Arte de Miami lo seleccionó como el mejor cantante de piano-bar. El premio le fue otorgado en el hotel Four Ambassador situado en la avenida Brikel.

Posteriormente trabajó en el Maxim’s, el club privado el Greco y el Centro Español. En 1982, a los 6 meses de haber abierto sus puertas en Miami el Restaurante Los Ranchos, y durante 20 años de su vida, trabajó allí como entertainer. Ese trabajo, de 6:00 de la tarde a 11:00 de la noche, 5 días a la semana, le permitió estudiar secretariado bilingüe en el Florida Career College, donde aprendió inglés. En el Miami-Dade Community College estudió educación musical y se graduó de maestro con especialidad en teoría musical. Actualmente cursa Estudios Religiosos en la Universidad de St. Thomas. En la iglesia Nuestra Señora de la Divina Providencia ha trabajado durante 14 años como director de música de la parroquia y maestro sustituto de música en la escuela de esa misma iglesia.

Los Ranchos produjeron sus dos elepés en el exilio: Tus perjúmenes (1986), con canciones folclóricas, acompañado por el trío Los Imperiales; y Una casa en el fondo del mar (1988); la foto de la portada la tomó Nicolás López Maltés de Galería del Arte.

Niñez, estudios e iniciación como artista

Eduardo Guayo González nació en Diriamba, departamento de Carazo, el 17 de julio de 1953. Fueron sus padres Rodolfo González y Lucía Siero. En 1961 la familia González-Siero emigró a Venezuela con 5 hijos. En Venezuela nacieron 9 más. De diecisiete partos que tuvo doña Lucía sobreviven 7 varones y 7 mujeres. La madre falleció en 1988 y está enterrada en Ciudad Bolívar. Don Rodolfo trabajaba en Venezuela como ingeniero en los pozos petroleros. Después de un tiempo, Guayo con 5 hermanos regresó a Nicaragua a vivir en la casa-hacienda Santa Gertrudis de sus abuelos maternos, Luis Siero Espinoza y Rosario Estrada de Siero, a dos kilómetros de la ciudad de Diriamba. Allí se criaron los 5 hermanos.

Se bachilleró en el Instituto Pedagógico de Diriamba en 1971. Estudió música en la casa de su abuela paterna, Blanca Valerio de González, que era maestra de piano. Su padre tocaba piano, guitarra y arpa, uno de los instrumentos más difíciles. “En mi casa siempre hubo un instrumento musical, un piano, una pandereta, cualquier cosas que sonara. Durante toda la primaria participé siempre en los coros del colegio para cantar tanto en las misas como en los eventos culturales, y también recitaba poesía. Ya en la secundaria, desde el primer año, empecé a estudiar guitarra y tocaba en el grupo musical La Salle que amenizaba los eventos del colegio. También participé en la banda instrumental. Este tipo de banda está formado por trompetas de émbolo, clarinetes, flautines, tubas, trombones, saxofones (yo tocaba saxofón tenor; hay saxofón alto y barítono), tambores, redoblantes y bombos. A diferencia de las bandas instrumentales, las bandas de guerra solo tienen clarines que son una especie de trompetas sin émbolo y se manejan a base de aire; a base de pulmón y cachete. El tocar saxofón me preparó mucho en el solfeo, lectura musical y teoría”.

Guayo comenzó a actuar desde 1970, con apariciones en televisión, radio (en el programa Nuevos Valores de Radio Mundial, donde conoció a Luis Méndez y a Rodolfo Arana Sándigo, el Tío Popo); en la Velada de los Chicos de La Prensa; en el Club 747, en la azotea del Balmoral; en las embajadas de Chile y Argentina, siendo José María Cané el embajador. También participó, antes y después del terremoto, en las peñas de los Amigos del Arte en casa de María Antonieta Siero, directora de la Academia de Ballet Adán Castillo, en las que participaban también diplomáticos (como Jorge del Pulgar, secretario de la Embajada de Chile, que bailaba cuecas) y personalidades como Julio Max Blanco y doña Pinita Perezalonso, directora de un programa de televisión que se llamaba Chavaladas. A través de esas peñas actuó en el Teatro Experimental, en el subterráneo del Teatro Nacional Rubén Darío.

En 1973, Guayo se fue a León a hacer el año básico con la intención de estudiar Medicina. Sus compañeros de pupitre fuero Mónica Baltodano, Luis Guzmán Lunas el Chiri y Emerson Velásquez, todos miembros del Frente Sandinista. “Por eso creo que la gente pensaba que en algún momento yo iba también a coger las armas y volverme guerrillero”. Allí conoció a Rosa Elena Martínez Baca, con la que contrajo matrimonio a los ocho meses de haberse encontrado, unión que dura hasta el momento actual. Las nuevas responsabilidades truncaron el sueño dorado de Guayo de ser médico.

En Managua completó cuatro años de Ciencias Económicas en la UNAN, donde tuvo su primer encuentro con Carlos Mejía Godoy. Estudiaba de 5:00 de la tarde a 11:00 de la noche, de lunes a viernes; de día trabajaba como vendedor de ADOC de Nicaragua, con auto, viáticos y sueldo.

Gracias a ese trabajo conoce Nicaragua casi pueblo por pueblo, porque la había recorrido promoviendo la venta de los zapatos: “Tuve la oportunidad de conocer toda la Costa Atlántica, hasta El Rama, pasando por La Esperanza, Cara de Mono, La Ardilla, Santo Tomás. En El Rama me embarcaba en el Señor de los Ríos que viajaba hasta Blueffield por el río Escondido, donde confluyen el Siquia, el Mico y el Rama. De allí al puerto de El Bluff, propiedad de Somoza, al que nunca conocí en persona, y donde solo vivían los estibadores y los que atendían el aeropuerto privado.

De allí hasta Puerto Cabezas por avión, pasando por Laguna de Perlas en los famosos viajes de La Nica en aviones bimotores de la II Guerra Mundial, que por lo general llegaban con un motor apagado. Los aterrizajes se hacían en caminos de tierra. Puerto Cabezas siempre tuvo un aeropuerto más grande, pero también con pista de tierra. Esos viajes, la música y la insurrección interrumpieron para siempre mis estudios de Economía”.

Guayo tiene tres hijos. Jonathan y Marcela nacieron en León, en 1974 y 1976, respectivamente, y Noel, en Hialeah, Florida, en 1994. Jonathan a su vez es padre de tres hijas: Karina, Jasmine y Alexandra. Marcela tiene una hija llamada Tatiana Leiva González.

Guayo y Carlos no se comunicaron durante 27 años. En noviembre del 2006, el cantautor nicaragüense se presentó en la Feria de EXPONICA en Miami, en el Tamiami Park; posteriormente cantó en el Club de la Policía de Miami, situado sobre South River Drive, con Los de Palacagüina; Silvio Linarte es el único de los integrantes originales que todavía forma parte del grupo.

Guayo llegó a saludar a Carlos, el cual lo invitó a subir al escenario y juntos cantaron varias canciones, todas de la autoría de este. Actualmente planifican actuar en Managua, en febrero del 2008, en el Teatro Nacional Rubén Darío, para celebrar los 30 años de Quincho Barrilete y 35 años de trayectoria artística de Carlos Mejía Godoy.

Eduardo Guayo González y Quincho Barrilete: a 30 años de distancia

Franklin Caldera


La década de 1970, que partiría en dos la historia contemporánea de Nicaragua, trajo para los nicaragüenses tres momentos de gloria: el triunfo del equipo de Nicaragua sobre el de Cuba en el campeonato de béisbol aficionado poco antes del terremoto del 72; la coronación de Alexis Argüello como campeón mundial peso pluma en 1974 (derrotando al mexicano Rubén Olivares); y el primer lugar obtenido por la canción Quincho Barrilete de Carlos Mejía Godoy en el Festival de la OTI (Organización de la Televisión Iberoamericana) en 1977.
Esa noche, los reflectores del mundo hispanohablante se concentraron sobre un muchacho alto y delgado con voz extraordinaria (que quisieran tener muchos cantantes de fama internacional): Eduardo Guayo González, que interpretó la canción en el festival. La euforia alrededor del triunfo de la Revolución Popular Sandinista en el 79 y el hecho de que Guayo optara por el autoexilio han mantenido apagados esos reflectores. A 30 años de distancia, volvemos a escuchar su voz en vivo.

Los preparativos

A las doce de la noche, hora de Madrid (6 p.m. en Nicaragua), del 13 de noviembre de 1977, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, con capacidad para 500 personas, ubicado en la Plaza Colón, arrancó el Festival de la OTI.

Todas las representaciones de los países se hospedaron en el Hotel Princesa sobre la avenida del mismo nombre. Guayo se hospedó en un hotel ubicado sobre Fuen Carral, muy cerca de la Gran Villa, en el cual estaban hospedados Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina. Carlos presentó a Guayo a la compañía disquera CBS española, que contrató a este como uno de sus artistas. Los representantes de CBS escucharon los arreglos que Guayo llevaba de Quincho Barrilete, obra del arreglista mexicano Ismael Díaz, y determinaron que no estaban a la altura del evento.

La CBS escogió como arreglista al español Manolo Gass y determinó que la canción, por su tema y mecánica, necesitaba un coro de niños. “Estos son detalles que contribuyeron al triunfo de Quincho Barrilete”, afirma Guayo, sentado en mi oficina de traducciones, en la soleada ciudad de Miami, para una entrevista que se extendió del 9 al 12 de octubre de 2007, a la hora de almuerzo.

El coro de cinco niños, cuyas edades oscilaban entre los 8 y 13 años (un venezolano, tres españoles y un colombiano), salió del Conservatorio Escolanía de la Sagrada Familia. Mientras se cocinaban los detalles de la presentación, Guayo perdió los dos primeros ensayos, de un total de tres. “Cuando llegué a ensayar al Centro Cultural de la Villa de Madrid, fue la única oportunidad que tuve de estudiar los arreglos nuevos, de acostumbrarme al coro de los niños y ver el escenario donde iba a actuar, antes de la presentación final. Todas las demás delegaciones, de 21 países, tuvieron tres oportunidades de hacerlo y convivir con la orquesta de 42 músicos. Esa desventaja me motivó más a dar lo mejor de mí mismo”.

El evento


Al mediodía del 12 de noviembre, los participantes fueron llevados al Centro Cultural de la Villa de Madrid, donde se les asignaron sus respectivos camerinos. El espectáculo comenzó a la medianoche. Entre el público se encontraban luminarias como Camilo Sesto, Paloma San Basilio y Rocío Dúrcal, así como personas allegadas al medio artístico, diplomáticos y periodistas.
Guayo fue el número trece entre los concursantes. Cantó a las 2:00 de la madrugada. Las actuaciones concluyeron a las 6:00 de la mañana. Entre los cantantes concursantes estaban Lissette Álvarez, representando a Estados Unidos (hija de Tony Álvarez y Olga Chorens, del Show de Olga y Tony en la Cuba prerrevolucionaria, y actual esposa de Willy Chirino); Trigo Limpio, por España; Napoleón por México; Ximena por Colombia; Aqua Marina por Puerto Rico. Entre los compositores conocidos a nivel mundial concursaron Chabuca Granda de Perú que llevó una canción titulada Landó landó, y Juan Carlos Calderón de España.

Terminadas las presentaciones se procedió a llamar por teléfono a los canales de televisión pertenecientes a la OTI para que emitieran tres votos. Al principio de la votación, Estados Unidos iba a la cabeza. De pronto, muchos países comenzaron a darle votos a Nicaragua (Costa Rica, España y México le dieron un voto; Honduras, El Salvador y Guatemala le dieron sus tres votos). Estas votaciones telefónicas fueron el único medio de elección. El jurado presente no tenía derecho a votación, limitándose a ser testigos oculares del evento y certificar que la votación se efectuara debidamente.

Antes del festival, a las 5:00 de la tarde de España, se había realizado un ensayo general que fue transmitido a los diferentes países participantes por circuito cerrado, para que los jurados de cada país tuvieran la oportunidad de ver las actuaciones por lo menos dos veces.

Antecedentes


En 1974, cuando conoció a Carlos Mejía Godoy, Guayo estaba recién casado y esperando a su primer hijo, Jonathan. Se había trasladado de la UNAN (Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua) de León al campus de Managua para estudiar Ciencias Económicas, en vez de Medicina, carrera que cursaba en la ciudad metropolitana. En ese año Carlos Mejía Godoy se presentó con su acordeón en ese centro de estudios superiores, acompañado por Julio Sandoval Cansino (flautista, pianista y controlista; hijo de Marta Cansino y Julio César Sandoval, de Radio Mundial). Terminada la función, Carlos dijo que estaba pensando formar un grupo musical y que aquellas personas que tocaran un instrumento o cantaran y que tuvieran interés en participar se contactaran con él.
Guayo se presentó ante Carlos manifestando su interés de participar en el grupo como cantante y guitarrista. Al día siguiente se reunieron en la Publicidad Centroamericana, situada en Altamira de Este, Segunda Etapa, en una casa que colindaba patio a patio con la casa de la abuela de Guayo, donde él vivía en ese momento. Carlos le entregó la canción Cuando venga la paz para que se la aprendiera. Dos días después Guayo se presentó donde Carlos a cantarle su canción y desde ese momento comenzaron a cantar juntos. En Radio Corporación Carlos tenía un programa llamado Al filo de la madrugada. Allí Guayo cantó Aquel almendro de’onde la Tere, El lirio y la fuente, La sirena en el río, Cuando tú llegues y otras, muchas de las cuales no se han grabado hasta el día de hoy.

Guayo cantó, como solista, Aquel almendro de’onde la Tere en el segundo elepé de Carlos con los hermanos Duarte (Enrique, Sabino, muerto antes de la Revolución, y la Chunga, provenientes de Río Blanco) y Julio Sandoval, denominado En la calle de en medio, producido por SONORAMA con sello Palacagüina. Con los hermanos Duarte el compositor había grabado Cantos a flor de pueblo. El grupo Los de Palacagüina se formó poco después con Enrique y la Chunga Duarte, Humberto Quintanilla y Silvio Linarte.

En 1975 Guayo cantó Cuando venga la paz, de CMG, en el Festival Interamericano de la Canción celebrado en el Gimnasio Nuevo Panamá de ese país. Los arreglos los hizo Bob Porter, estadounidense. La canción obtuvo el tercer lugar. En 1976 participó en el festival español de Benidorm, en Costa Rica, con la canción Algún día, de CMG.

Después de eso, Carlos y su grupo, Guayo, Marta Sandoval Cansino, Consuelo Espinoza y otros, grabaron muchos jingles publicitarios (para la MILCA, el Café Presto, etc.) en GRABANICSA, propiedad de Lorenzo Chocoyo Cardenal, donde también se grabaron los dos primeros elepés de Carlos, ubicada cerca de la entrada a Esquipulas por la Carretera a Masaya.

Eliminatorias

Carlos se fue para España con Los de Palacagüina, donde grabó el long-play titulado Son tus perjúmenes, mujer (con la canción folclórica del mismo título, recopilada por los Bisturices Armónicos, la canción más sonada ese verano en España). En 1977, en octubre, se hizo en Nicaragua, por primera vez, la eliminatoria para el Festival de la OTI, para elegir al cantante y al compositor que representarían a Nicaragua. Nos dice Guayo: “Desde España, Carlos me mandó un casete con la canción Quincho Barrilete y cien córdobas que era el valor de la inscripción del tema en el festival, con la recomendación de que si el tema no era de mi agrado se lo pasara a Consuelo Espinoza. Inscribí el tema en la oficina de la OTI abierta para ese efecto. Allí trabajaba Anabell Vivas, esposa de Peter Vivas, publicista”.

Para la eliminatoria Carlos no estaba en Nicaragua. Se inscribieron entre 150 y 200 temas, de los cuales fueron seleccionados 20 para participar en la gran final que se llevó a cabo el primer fin de semana de octubre en el Teatro Nacional Rubén Darío. La primera noche, el viernes, se escogieron diez temas; la segunda, cinco; y la tercera, domingo, los tres finalistas, quedando Quincho Barrilete en primer lugar; en segundo lugar, Cantar cantar de Lucía Kelly, interpretada por Consuelo Espinoza; y en tercer lugar, Gaviota de alas blancas, de Carlos Romero Vega, nieto de Alejandro Vega Matus, interpretada también por Guayo, quien además cantó Un mundo lleno de amor de Fruto Montes. Entre las canciones que concursaron estaban Almohada de Adán Torres (uno de los fundadores de Los Rockets), cantada por Mauricio Peña, que después fue popularizada por José José; y Chavala mía de Roberto Araquistáin.

En palabras de Guayo, “la canción Quincho Barrilete trata sobre un niño de cualquier país del mundo que a temprana edad se gana el pan con el sudor de su frente, que ayuda a subsistir a su familia y a que sus hermanos tengan el derecho de estudiar. Un sostén económico siendo un niño. Esa es una realidad de todos los países iberoamericanos y en muchos países del mundo. Es una canción que refleja una realidad social y no una ideología política determinada. La canción tiene ritmo de polca de circo (la música popular tejana también tiene ritmo de polca). A muchas personas el término ‘de circo’ les parece peyorativo, pero el circo más famoso del mundo, el Cirque du Soleil, tiene su propio estilo de música, muy respetado e interpretado con orquesta sinfónica. El arreglo que se le hizo a Quincho Barrilete en la OTI fusionó diferentes estilos musicales. En Nicaragua sonaba como marcha de banda de pueblo. Pero en España se presentó con el impacto de los grandes musicales de Broadway. Allí, a la canción se le lavó la cara, se le puso traje nuevo, se le puso un coro de niños, se le hicieron unos arreglos especializados, todo lo cual tuve que asimilar prácticamente en un día. El esfuerzo del intérprete no puede ser ignorado. Un triunfo internacional no recae sobre una sola persona, recae sobre un grupo de trabajo y sobre un esfuerzo compartido”.

Después de la OTI

Con el premio en la mano, Guayo regresó a Nicaragua un 20 de diciembre, tras haber grabado en los estudios Kirios de Madrid su primer long-play titulado Guayo, Quincho y Compañía, con el cual fue a un programa de televisión llamado Gente Joven donde tuvo oportunidad de compartir con Lolita, hija de Lola Flores y hermana de Rosario. También apareció en Esta Noche Europa, Trescientos Millones y en el programa radial Carreteras. Los cuatros eran los programas más importantes de España relacionados con el mundo del espectáculo (todos de Radio-Televisión Española).
A su regreso a Nicaragua a Guayo lo esperaban en el aeropuerto sus padres y hermanos, (catorce en total), y un señor llamado René González, pariente lejano. Lo llevaron a un restaurante en El Crucero y como a las 3:00 de la tarde llegaron todos a Diriamba, cuna del cantante, donde le tenían preparada una bienvenida descomunal, programada por René (miembro de PRODECA, empresa privada en pro del desarrollo de Carazo, de la que era presidente Horacio González Rappaccioli, primo de Rodolfo González, padre de Guayo). Todo el pueblo estaba allí, esperándolo. El Canal 2 cubrió y transmitió el evento.

“A mi regreso –dice– encontré un país totalmente pendiente de las noticias que hablaban del Frente Sandinista de Liberación Nacional y de Somoza. Allí no importaba si alguien ganó o perdió. Todo estaba dirigido hacia esa insurrección que se esperaba. Empecé a visitar estaciones de radio como La Corporación, Estación X, Radio Mi Preferida, Radio Centauro, Radio Católica, donde dejé mi long-play para que fuera promocionado. No recuerdo que ninguna de ellas lo haya puesto. En el único lugar donde recuerdo haber trabajado cantando fue el Canal 2, que en ese tiempo era propiedad de Octavio Sacasa, persona que siempre me brindó su apoyo”.

Debido a la situación interna optó por presentarse en el exterior. En Costa Rica inauguró el Club Pantera Rosa y el Playboy de San José, así como el Aloa de Cartago. En Panamá se presentó en el Zebra. Durante un mes en Guatemala trabajó en el Canal 3 en un programa llamado Venga con Chalo, Venga, dirigido por el italiano Alberto Antonioti, y se presentó en Chiquimula, Puerto Barrios, Xelajú y en la Antigua; trabajó en el Sheraton y en el Guatemala Fiesta y en el club nocturno Maracas. Sus presentaciones en el Maya de Honduras fueron todo un éxito. En Bogotá, Colombia, cantó en el Paletará, cerca del exclusivo barrió el Chicó.

Entre la espada y la pared

En Nicaragua la situación iba recrudeciendo. En el mes de septiembre de 1978 los sandinistas se tomaron por una semana completa cinco ciudades: Estelí, Masaya, León, Matagalpa y Chinandega. Eso fue una medida de fuerza previa a la insurrección final de julio del 79. Desde el 76, Guayo y su esposa habían establecido residencia en León, en casa de la suegra de Guayo, que ayudaba a cuidar a los dos hijos pequeños del matrimonio. Recuerda Guayo: “Durante esa toma de ciudades, mi casa de habitación en León fue ametrallada por combatientes sandinistas que dieron como justificación el que yo no tuviera una definición política. Allí la cuestión era, o ser de Somoza o ser del Frente. Y ese hecho fue el que me dio la pauta para salir de mi tierra. Nosotros nos manteníamos en la parte del fondo de la casa. La casa fue baleada por la parte de la puerta principal. Ellos esperaban que yo tomara una metralleta y me integrara a la insurrección, cosa que nunca estuvo en mis planes. No importaba que tuviera dos hijos pequeños, de uno y dos años, y una esposa”.

Continúa su relato: “En tales condiciones, no había lugar para trabajar en Nicaragua ni era importante escuchar a cantante alguno. Después de esa toma, cada vez que regresaba a Managua, me paraban los retenes de la EEBI (Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería de Somoza) a la salida de León, en La Paz Centro, en Nagarote. Muchas veces me bajaron con un rifle cerca de la oreja para un cateo. Muchas personas a las que se les encontraban armas o propaganda sandinista perdieron la vida en tales cateos, quedando enterradas en esos mismos lugares. Cuando algún soldado me reconocía, me tildaba de cantante revolucionario por haber interpretado una canción de Carlos Mejía. Otros me saludaban con admiración porque no dejaban de ser parte de un pueblo aunque en ese momento estuvieran desempeñándose como soldados de combate”.

El exilio

El 6 de diciembre del 78, Guayo salió de Nicaragua, aprovechando la visa estadounidense, puesto que había hecho giras por aquel país a través de Napoleón Guerrero, esposo de Lucha Ordóñez, que vivía en San Francisco. “La situación de guerra era muy fuerte y muy sangrienta. Peligrosa”. Aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Miami el 6 de diciembre de 1978 a las 2:00 de la tarde, en uno de los últimos vuelos de La Nica. “Vine a un país donde no tenía ningún familiar ni referencia alguna, más que unas primas que vivían en Hialeah y que no había visto nunca en mi vida, a las que les traía una carta. Logré hacer contacto con ellas y allí pasé mi primera Navidad en el exilio, añorando a mi mujer y a mis hijos. En mayo de 1979, ellos viajaron para Costa Rica donde estuvieron por unos meses hasta que obtuvieron visas para Estados Unidos, proporcionadas por el Departamento de Estado, las que conseguí después de 10 meses de dura lucha, a través de un programa de televisión del Canal 51 de Miami llamado Nuestra Gente, que promovía el turismo de Colombia. Su directora, Ligia Rey Quintero, trabajaba para el Consulado de Colombia y como diplomática podía dar visas a personas que vinieran a Estados Unidos bajo sus servicios. Yo trabajaba con ella en ese programa, haciendo entrevistas y cantando”.

Mientras aparecía en ese programa, Guayo se ganaba la vida como cocinero, pintor, recolector de basura, constructor de ventanas para barcos, empacador de azúcar… En ese tiempo el Canal 51 se transmitía en inglés, con 3 horas de programación en español los domingos. Estaba en Pembroke Road, condado de Broward, Hollywood, Florida. Guayo no comenzó a cantar hasta a los dos años de estar en Miami, como cantante de piano bar en el Sweet Chateau, un restaurante con discoteca por la noche, en la avenida 32 y la calle 36 del South West. En 1982 la Asociación de Comentaristas y Críticos de Arte de Miami lo seleccionó como el mejor cantante de piano-bar. El premio le fue otorgado en el hotel Four Ambassador situado en la avenida Brikel.

Posteriormente trabajó en el Maxim’s, el club privado el Greco y el Centro Español. En 1982, a los 6 meses de haber abierto sus puertas en Miami el Restaurante Los Ranchos, y durante 20 años de su vida, trabajó allí como entertainer. Ese trabajo, de 6:00 de la tarde a 11:00 de la noche, 5 días a la semana, le permitió estudiar secretariado bilingüe en el Florida Career College, donde aprendió inglés. En el Miami-Dade Community College estudió educación musical y se graduó de maestro con especialidad en teoría musical. Actualmente cursa Estudios Religiosos en la Universidad de St. Thomas. En la iglesia Nuestra Señora de la Divina Providencia ha trabajado durante 14 años como director de música de la parroquia y maestro sustituto de música en la escuela de esa misma iglesia.

Los Ranchos produjeron sus dos elepés en el exilio: Tus perjúmenes (1986), con canciones folclóricas, acompañado por el trío Los Imperiales; y Una casa en el fondo del mar (1988); la foto de la portada la tomó Nicolás López Maltés de Galería del Arte.

Niñez, estudios e iniciación como artista

Eduardo Guayo González nació en Diriamba, departamento de Carazo, el 17 de julio de 1953. Fueron sus padres Rodolfo González y Lucía Siero. En 1961 la familia González-Siero emigró a Venezuela con 5 hijos. En Venezuela nacieron 9 más. De diecisiete partos que tuvo doña Lucía sobreviven 7 varones y 7 mujeres. La madre falleció en 1988 y está enterrada en Ciudad Bolívar. Don Rodolfo trabajaba en Venezuela como ingeniero en los pozos petroleros. Después de un tiempo, Guayo con 5 hermanos regresó a Nicaragua a vivir en la casa-hacienda Santa Gertrudis de sus abuelos maternos, Luis Siero Espinoza y Rosario Estrada de Siero, a dos kilómetros de la ciudad de Diriamba. Allí se criaron los 5 hermanos.

Se bachilleró en el Instituto Pedagógico de Diriamba en 1971. Estudió música en la casa de su abuela paterna, Blanca Valerio de González, que era maestra de piano. Su padre tocaba piano, guitarra y arpa, uno de los instrumentos más difíciles. “En mi casa siempre hubo un instrumento musical, un piano, una pandereta, cualquier cosas que sonara. Durante toda la primaria participé siempre en los coros del colegio para cantar tanto en las misas como en los eventos culturales, y también recitaba poesía. Ya en la secundaria, desde el primer año, empecé a estudiar guitarra y tocaba en el grupo musical La Salle que amenizaba los eventos del colegio. También participé en la banda instrumental. Este tipo de banda está formado por trompetas de émbolo, clarinetes, flautines, tubas, trombones, saxofones (yo tocaba saxofón tenor; hay saxofón alto y barítono), tambores, redoblantes y bombos. A diferencia de las bandas instrumentales, las bandas de guerra solo tienen clarines que son una especie de trompetas sin émbolo y se manejan a base de aire; a base de pulmón y cachete. El tocar saxofón me preparó mucho en el solfeo, lectura musical y teoría”.

Guayo comenzó a actuar desde 1970, con apariciones en televisión, radio (en el programa Nuevos Valores de Radio Mundial, donde conoció a Luis Méndez y a Rodolfo Arana Sándigo, el Tío Popo); en la Velada de los Chicos de La Prensa; en el Club 747, en la azotea del Balmoral; en las embajadas de Chile y Argentina, siendo José María Cané el embajador. También participó, antes y después del terremoto, en las peñas de los Amigos del Arte en casa de María Antonieta Siero, directora de la Academia de Ballet Adán Castillo, en las que participaban también diplomáticos (como Jorge del Pulgar, secretario de la Embajada de Chile, que bailaba cuecas) y personalidades como Julio Max Blanco y doña Pinita Perezalonso, directora de un programa de televisión que se llamaba Chavaladas. A través de esas peñas actuó en el Teatro Experimental, en el subterráneo del Teatro Nacional Rubén Darío.

En 1973, Guayo se fue a León a hacer el año básico con la intención de estudiar Medicina. Sus compañeros de pupitre fuero Mónica Baltodano, Luis Guzmán Lunas el Chiri y Emerson Velásquez, todos miembros del Frente Sandinista. “Por eso creo que la gente pensaba que en algún momento yo iba también a coger las armas y volverme guerrillero”. Allí conoció a Rosa Elena Martínez Baca, con la que contrajo matrimonio a los ocho meses de haberse encontrado, unión que dura hasta el momento actual. Las nuevas responsabilidades truncaron el sueño dorado de Guayo de ser médico.

En Managua completó cuatro años de Ciencias Económicas en la UNAN, donde tuvo su primer encuentro con Carlos Mejía Godoy. Estudiaba de 5:00 de la tarde a 11:00 de la noche, de lunes a viernes; de día trabajaba como vendedor de ADOC de Nicaragua, con auto, viáticos y sueldo.

Gracias a ese trabajo conoce Nicaragua casi pueblo por pueblo, porque la había recorrido promoviendo la venta de los zapatos: “Tuve la oportunidad de conocer toda la Costa Atlántica, hasta El Rama, pasando por La Esperanza, Cara de Mono, La Ardilla, Santo Tomás. En El Rama me embarcaba en el Señor de los Ríos que viajaba hasta Blueffield por el río Escondido, donde confluyen el Siquia, el Mico y el Rama. De allí al puerto de El Bluff, propiedad de Somoza, al que nunca conocí en persona, y donde solo vivían los estibadores y los que atendían el aeropuerto privado.

De allí hasta Puerto Cabezas por avión, pasando por Laguna de Perlas en los famosos viajes de La Nica en aviones bimotores de la II Guerra Mundial, que por lo general llegaban con un motor apagado. Los aterrizajes se hacían en caminos de tierra. Puerto Cabezas siempre tuvo un aeropuerto más grande, pero también con pista de tierra. Esos viajes, la música y la insurrección interrumpieron para siempre mis estudios de Economía”.

Guayo tiene tres hijos. Jonathan y Marcela nacieron en León, en 1974 y 1976, respectivamente, y Noel, en Hialeah, Florida, en 1994. Jonathan a su vez es padre de tres hijas: Karina, Jasmine y Alexandra. Marcela tiene una hija llamada Tatiana Leiva González.

Guayo y Carlos no se comunicaron durante 27 años. En noviembre del 2006, el cantautor nicaragüense se presentó en la Feria de EXPONICA en Miami, en el Tamiami Park; posteriormente cantó en el Club de la Policía de Miami, situado sobre South River Drive, con Los de Palacagüina; Silvio Linarte es el único de los integrantes originales que todavía forma parte del grupo.

Guayo llegó a saludar a Carlos, el cual lo invitó a subir al escenario y juntos cantaron varias canciones, todas de la autoría de este. Actualmente planifican actuar en Managua, en febrero del 2008, en el Teatro Nacional Rubén Darío, para celebrar los 30 años de Quincho Barrilete y 35 años de trayectoria artística de Carlos Mejía Godoy.

UN HOMBRE DE PROPORCIÓN

Entrevista con Carlos Mejía Godoy.
Francisco Javier SANCHO MÁS.

Carlos Mejía Godoy, el más emblemático de los compositores
nicaragüenses, ganó el Festival OTI con Quincho Barrilete, y
utilizando las esencias de la música tradicional nicaragüense ha
creado un amplio repertorio de canciones que van desde las que
identificaron a la revolución en los años ochenta, a la exaltación,
a veces humorística y oras melancólicas, de personajes
emblemáticos. Su Nicaragua, Nicaragüita, es un himno nacional
paralelo.
Lo estábamos esperando, sentados en una mesa de la Casa de
los Mejía Godoy, donde todos los fines de semana cantan, actúan y
cuentan historias jocosas Carlos, Luis Enrique, los de Palacagüina y
muchos otros artistas jóvenes invitados que pasan por el escenario
de este lugar que se está convirtiendo en el pulmón de la música
folclórica nicaragüense, de lo que queda de ella y de lo que seguirá
después. Precisamente, en una mesa contigua, estaba almorzando
Luís Enrique con su cuñada, miembros de esta familia incontable de
artistas con origen en Somoto, que han sido también protagonistas
y generadores de la Historia de este país con un gran protagonismo
en la Revolución desde hace más de veinticinco años. Pero hoy era
a Carlos a quien esperábamos. Por fin llegó cruzando la carretera
apresuradamente. Nos saludó con su buen humor de siempre. Es
uno de los artistas con la agenda más apretada del país por el
tiempo que le deja el programa televisivo sabatino del Clan de la
Picardía, las promociones de productos nacionales (nunca le haría
un anuncio a la Coca Cola, nos dice severo) y los conciertos en
cualquier rincón del país además de la campaña en apoyo de su
hijo, el Sargento del ejército de los EE.UU. Camilo Mejía que, en los
días de la entrevista, estaba en espera de una pronta sentencia por
declararse objetor de conciencia y no querer seguir participando en
la guerra de Irak.
Sin embargo, ni el tiempo ni los temores le impiden un
desborde de historias, recuerdos y vivencias y si es ne cesario, él
mismo mata el tiempo. Así nos invitó a comer en la misma casa y
seguimos disfrutando fuera del tiempo de este pedazo de la historia
de Nicaragua que es Carlos Mejía Godoy. Su voz y todos sus gestos
son un torrente como la cascada del chocoyero y todo en él
transpira un inmenso amor a Nicaragua renovado todos los días
como el “rebelde corazón” de la Nicaragüita. Uno trata de buscar en
él las sombras de sus miedos, pero Carlos ya parece consciente de
su papel de símbolo y ese papel otorgado por los nicaragüenses es
el que le da la energía y la fuerza que transmite capaz de vencer a
toda sombra. Es la pura alegría de ser quien se soñó ser y heredero
al mismo tiempo de un tesoro moral y artístico del que todavía
queda mucho que dar a pesar de las dificultades en un país lleno
también de ellas. De las dificultades también teníamos que hablar,
como de tantas otras cosas.
Nuestro primer maestro de la mazurca...fue Alejandro Torres,
que bajaba los domingos de una finca de las montañas de
Somoto con sus polainas y su sombrerote, parecía un soldado de
Sandino, y su guitarra de cuerdas metálicas...
S.M: Carlos, me llama la atención que cuando vos o Luis Enrique
cantan por separado siempre introducen la mayoría de sus
canciones mencionándose el uno al otro como cómplices, una
especie de declaración de amor de hermanos. ¿Esto siempre fue
así?
C.M.G: Siempre, siempre. La raíz está en nuestro entorno familiar.
Mi padre, que no tenía una gran cultura general, sin embargo poseía
una intuición maravillosa. Era lo que podría llamarse un “auténtico
hombre de espectáculo”. Lo importante es que él lo sabía y lo
asumía con la misma responsabilidad y coherencia como quien está
al frente de una organización cultural casi más que una familia. A
nosotros nos parecía sumamente exagerado porque no entendíamos
el alcance de aquello. Nuestro padre se nutrió de toda la antigua
música tradicional mejicana: Tata Nacho, los hermanos Guizard,
Guti Cárdenas y Agustín Lara. Armando Manzanero todavía no
pintaba mucho en ese tiempo (se ríe). Son los años cuarenta y
cincuenta. Esa influencia fue por el Norte y por el Sur, se nutrió de
Atahualpa Yupanqui y de Carlos Gardel. Ese bagaje lo volcaba en el
entorno familiar. Lo curioso es que nunca salió del ambiente
Segoviano. Tuvo su propia marimba orquesta, llamada Los
murmullos del Coco, por el río Coco (aclara), y mostró ese quehacer
por los pueblos de toda aquella comarca. No nos prohibía que
tocáramos o cantáramos algo en concreto, pero sí ponía mucho
énfasis en que si tocábamos un instrumento lo hiciéramos con
amor, haciéndolo lo mejor posible, estudiándolo aunque fuera
intuitivamente, y nos ponía como ejemplo a los campesinos por el
gusto con el que tocaban.
Recuerdo que nuestro primer maestro de la mazurca no era de
un conservatorio ni de una escuela de música, sino que fue
Alejandro Torres, que bajaba los domingos de una finca de las
montañas de Somoto con sus polainas y su sombrerote, parecía un
soldado de Sandino, y su guitarra de cuerdas metálicas. Yo no he
visto a nadie tocando la mazurca con un sentimiento igual,
exceptuando a mi hermano Luís Enrique. Se parecía a Bribiesca, el
que acompañaba a la Chavela Vargas y a Cuco Sánchez, que sacaba
unos sonidos desgarradores de la guitarra. Mi padre también nos
transmitió la solidaridad creativa. Nunca existió ni existe ningún
celo entre Luís Enrique y yo. Incluso hoy día, suele suceder que por
la noche estoy componiendo una canción y lo llamo por teléfono
para ver qué le parece, entonces él me dice que se la mande por fax
y luego me añade una estrofa por Internet.
S.M: Eso sí que es darle un buen uso a la tecnología.
CMG: Últimamente, porque antes era que a las siete de la mañana
me presentaba en la puerta de su casa o él en la mía con la canción
sin acabar. Después de este ir y venir de las canciones, nos cuesta
recordar en ocasiones de quién es la versión original. Pero te decía
que mi padre además fomentaba el auténtico respeto por la
comunicación de tal manera que si otra persona iba a cantar o
contar una anécdota, él se encargaba de imponer silencio para
escuchar con atención.
S.M: Es curioso que menciones eso porque una de las cosas que
siempre destaca cuando cantas es que suele haber algún momento
en el que... perdón por la expresión que voy a utilizar “te arrechás”
en el escenario cuando la gente está hablando fuerte e
interrumpiendo. En concreto, recuerdo un acto del Ministerio de
Salud en el que cantaste y los participantes todavía estaban en el
escenario cuando vos saliste a cantar y seguían saludándose.
C.M.G: No te preocupes, has utilizado la expresión correcta. Yo me
arrecho. Con todos los gobernantes pasa igual. Llegan tarde a los
actos y se van temprano y, para colmo, no dejan de interrumpir.
Esto ha pasado siempre y siempre lo he criticado antes de ponerme
a cantar como disco rayado mientras ellos van a lo suyo. Llegan
tarde dejando a la gente esperando horas y horas y después no les
dejan escuchar. Eso lo he considerado una falta de respeto. Igual
aquí en la Casa de los Mejía Godoy, que es un café concert, no una
cantina u otro sitio en el que sí se puede hablar. Se debe respetar a
la gente que viene a escuchar. Yo admito que mi hermano maneja
mejor esta situación, yo soy menos tolerante, pero trato de advertir
a los que consideran que eso se debe a que tengo una actitud de
divo, que no es así, sino de respeto. Ése es el virus que nos
transmitió mi padre. Aquí en Nicaragua yo he visto como un pianista
que vino hace muchos años oyó un ruido y eran unas diez personas
que llegaron tarde y se estaban sentando, entonces el pianista
interrumpió el concierto y dijo “bueno, vamos a esperar que estas
personas tengan la amabilidad de dejarme continuar”. No
estábamos acostumbrados a ello.
Somoza pegándole una gran dentellada a un pierna de pollo y
diciendo que en Nicaragua la pobreza se compartía por igual.
S.M: Esa herencia de tu padre debe haber influido en el desarrollo
de la música folclórica o tradicional nicaragüense que has
desarrollado. En otros países de Latinoamérica se le considera a
este tipo de música como “menor” y no está en un lugar tan alto
como acá, gracias a la labor de ustedes.
CMG: Quizá no sólo gracias a la labor de nosotros porque lo que
hicimos fue darle continuidad a algo que se venía haciendo. Nos
remitimos a esos referentes, por suerte inevitables, Camilo Zapata,
vivo todavía, como generador de lo que yo llamo la carta de
ciudadanía del son nicaragüense; Erwin Krüger, Tino López Guerra,
Justo Santos, Víctor M. Leiva, Oto de la Rocha y tantos otros. Esta
gente fueron los “tercos” que contra viento y marea dijeron que aquí
había una canción nacional con un sello diferente, incluso a la
música regional centroamericana. De repente, nosotros nos vemos
en la responsabilidad de darle continuidad a ese legado. Y tuvimos
que insistir todavía mucho. En el año setenta y uno, cuando yo
empecé, llegaba a las casas de discos y me decían
despectivamente: “No, eso es sólo musiquita para las fiestas
patronales”. Ante esto yo me dije que sería muy triste que uno
tuviera que irse fuera del país para dar a conocer nuestra música y
que luego esa música regresase a mi país enlatada.
Entonces tuve la suerte, tuvimos (corrige, mirando de soslayo
la mesa en la que está sentado su hermano) la suerte, Luís Enrique
se encontraba en Costa Rica, de que un día de tantos comenzó a
sonar de nuevo masivamente la música nacional nicaragüenses. Y
pasó algo muy curioso, Javier, y era que yo cantaba de niño y dejé
de hacerlo cuando al crecer cambié de voz, y porque mi padre, que
era tan crítico, cuando me oía, sin prohibírmelo del todo, prefería
que fuera Luis Enrique el que cantara y que yo participara en la cosa
(se ríe). Entonces, no por otra razón que por respeto a mí mismo,
yo no me atreví durante mucho tiempo.
Así, la primera canción que me lancé a cantar en disco, la
María de los Guardias, estaba escrita en primera persona para que
la cantase una mujer. En un país tan machista como Nicaragua, te
podés imaginar lo que significa para un hombre ponerse a decir: “Yo
soy la María del raso Potosme...” (cantando con voz de falsete). Lo
más curioso es que yo la grabé en disco “para mientras” buscaba a
una mujer. Yo no quería una voz, sino un personaje. Mi candidata
era la Pilar Aguirre que fue la mejor artista de teatro en los treinta
o cuarenta últimos años. Me parecía que tenía que ser alguien que
no sólo la cantara sino que la vibrara echando al aire todos los
capítulos de esa agitada vida amorosa. Sin embargo no pude
convencer a la Pilar, así que le dije a Oto de la Rocha: “Grabémosla
Oto, dale por Do Mayor (ta-ra ta ta-ta-ta...). Guárdala, le dije,
hasta que encontremos a una mujer”. Viene el terremoto (el del año
1972 que asoló Managua.) Después sacan las cintas que logramos
salvar de los escombros.
En eso yo me fui a Honduras a trabajar y cuando regreso por
la frontera, escuchó en la radio para mi susto la canción de María de
los Guardias con mi propia voz y sin mi permiso. ¿Qué es eso?, me
dije, ahora todo el mundo en Nicaragua va a decir que soy maricón
(nos reímos). Pero ya se mira como algo normal. Yo me quité el
prejuicio cuando el patrocinador del disco me dijo que ni se me
ocurriera buscar una mujer, pues así estaba como la gente la
quería. Tan sólo nos encomendó mejorar la parte técnica debido a
que la grabación original era muy precaria. Mentira, no pudimos.
Aquella garra que tenía la original no la pudimos mejorar. Entonces
tuve la buena idea de que al ofrecerme un single, de aquellos
chiquitos de 45 revoluciones, no tenía otra canción para poner en el
lado B, así que pensé en insertar algo de música testimonial, y ahí
surgió la de “Panchito Escombros”. Después no sólo fue la
complementaria sino que pegó con gran éxito.
El Panchito es la crítica a la rapiña somocista de la ayuda que
vino con el terremoto a raíz de una entrevista famosa que le hizo el
periodista y aventurero español Miguel de la Cuadra Salcedo al
dictador, ilustrada con unas fotografías en la que aparece Somoza
pegándole una gran dentellada a un pierna de pollo y diciendo que
en Nicaragua la pobreza se compartía por igual. De alguna manera,
el Panchito es la primera canción social en la que intento revelar
toda esa monstruosidad del somocismo. Paradójicamente, la María
de los Guardias es la primera canción legal que la censura no pudo
prohibir, en la que se menciona a Sandino.
Si te fijás, esa canción tiene una doble connotación: por una
parte, es satírica y por otra parte se muestra la tragedia de una
mujer que disipa su vida en unas relaciones amorosas parecidas a
la de una prostituta. Se menciona la Emboscada del Rapador en la
que Sandino le dio duro a los yankis. Yo lo llamo “un hombre
arrecho llamado Sandino”. Entonces, Somoza se apropia de la
canción y la convierte en la canción de su campaña. Se traga lo del
hombre arrecho con tal de usurpar la canción y usarla como la
usaron. Luego, al tiempo, me mandó un cheque. Yo se lo rechacé,
no públicamente, pero no le acepté un solo centavo para no validar
la utilización de la canción. Eso fue como un punto de partida para
todo lo que vino después.
Una plataforma de dos tarimas, una para rescatar y difundir la
música de los autores nicaragüenses y otra para aunar
esfuerzos y captar simpatías en la lucha contra Somoza...
S.M: Cuéntame acerca de “Los Bisturices Armónicos”. Ese fue el
primer grupo que formaste, ¿verdad?
CMG: Lo que pasó fue lo siguiente. Yo tenía un programa en la
Radio Corporación antes del terremoto y un poco después también,
estamos hablando de los años setenta. El nombre del programa era
El Son Nuestro de Cada día, el cual estuvo en antena durante cinco
o seis años. Ese mismo nombre, por cierto, es el que utilizo para
publicar discos internacionales en España. En el programa yo
intentaba dar a conocer dos tipos de música: la antigua o
tradicional que recopilaba, y la nueva que iba saliendo. Instaba a
los campesinos a que nos mandaran sus cosas. Ahí es cuando
conozco a Wilmor López. Paralelamente a este programa que se
abre como una pequeña ventana, había una tertulia más o menos
mensual en la que participaban los tres médicos que formaban los
Bisturices Armónicos; el poeta Luis Rocha, director del Nuevo
Amanecer Cultural; Salvador Cardenal ,el gran patriarca de la
musicología nicaragüense, fundador de Radio Güegüense, la única
de música clásica que todavía perdura; y yo que era el más chavalo
de todos ellos.
Juntos nos apoyábamos, nos criticábamos y de ahí surgió un
movimiento sin nombre, aunque yo lo llamo “brigada de salvación
del canto nicaragüense”. Era una brigada móvil en la que
participaban Oto de la Rocha, Wilmor López, Los Bisturices
Armónicos que iban de cacería musical especialmente por los
pueblos de Chontales y Chinandega. De ahí es de donde se
descubre la armadura de la canción de “Son tus perjúmenes
mujer...” Parece que Wilmor López la había escuchado cuando era
niño y recordaba una o dos estrofas. Entonces, ellos volvieron a las
raíces, a Cosigüina, a un lugar que se llama Tonalá, y empezaron a
entrevistar a las viejitas, al curandero, la partera, el telegrafista de
otros tiempos, para ver si recordaban la canción y así poder rescatar
las otras estrofas. Se logró rescatar por fin. La trajeron a Managua y
pegó.
Como en la canción hay palabras en desuso, como “suliveyo”,
que probablemente viene del francés y significa soliviantar, a la
gente le gustó y se empezó a investigar con filólogos y lingüísticas
el origen de todo ello. Oto de la Rocha grabó con sus hijos la
canción. En principio, no era una canción del repertorio de Carlos
Mejía y los Palacagüina. Lo que ocurre es que cuando nos vamos a
España, llevamos con nosotros toda la música que podemos y allá,
la cantamos. Nunca nos imaginamos que aquello pudiera ser un
éxito. En 1977, cuando no había tanta competencia en la televisión
española, y estaban sólo dos canales: la Primera y la Segunda,
existía un programa que se llamaba Esta Noche es Fiesta, y claro
cuando era un show que todo el mundo veía. Allí actuamos y
tuvimos un gran impacto. Ese éxito, pudimos aprovecharlo como
una plataforma de dos tarimas, una para rescatar y difundir la
música de los autores nicaragüenses y otra para aunar esfuerzos y
captar simpatías en la lucha contra Somoza.
S.M: Decías que la música nicaragüense se diferencia claramente de
la música regional centroamericana. ¿Esa diferencia es por la misma
historia peculiar de lucha contra la dictadura y todo lo que ello
conllevaba?
CMG: No, yo creo que antes de la música contestataria o
testimonial ya hay una canción nacional fuerte. Como te decía, para
ser justos, antes de los Mejía Godoy, habían estado todos aquellos
patriarcas que habían logrado sacar la música nicaragüense. Hay
una música centroamericana pero sin tanta tradición como en
Nicaragua. Por ejemplo, la marimba guatemalteca es una marimba
cromática, de dos teclados. Ahí puedes tocar todo, porque tiene
todas las notas de la escala cromática, los sostenidos, los bemoles,
y los naturales. Es como una orquesta sinfónica. Sin embargo la
marimba de arco de Monimbó es una marimba más ingenua porque
solamente tiene la escala natural Do Re Mi Fa Sol La Si Do. Parece
que eso estimuló el hecho de guardar un cofre de música nacional
que es todo ese torrente de la música de Masaya El Zanatillo, La
Miel Gorda, el Indio monimboceño, y hasta una canción (se ríe) que
se llama El Mate Amargo, que es argentina, aunque ya nos
apropiamos de ella porque la versión del mate amargo en la
marimba tiene un saborcito distinto. Y ocurre con otras canciones,
como El Colibrí o El Lirio y la Fuente, que te las encontrás en otras
partes con versiones distintas, del Colibrí, Silvio Rodríguez en Cuba
hizo una especie de habanera, mientras que la nica parece más un
canción de ordeño, parecida a las venezolanas (en ese momento
Carlos se pone a cantarla como los campesinos).
Una vez me preguntaron que dónde escribía mis canciones y yo
contesté “en el único trono donde todavía soy el rey”, en el
servicio higiénico.
S.M: Realmente es sorprendente la peculiaridad de la música
nicaragüense dentro de toda la región.
CMG: Es que aparte de México al Norte y Sudamérica, Nicaragua es
el país con el mayor número de ritmos, mirá: está el Son de
marimba de Masaya, de donde sale el Son Nica que inventa Camilo
Zapata, está el Son de Pascua, música de Navidad con estructura
diferente, que tiene origen en la música española y criolla; luego
está la Mazurca Segoviana, que es un 3x4, con origen remoto en la
mazurca europea pero que no se parece casi en nada, ni siquiera a
la mazurca chilena que canta Violeta Parra , ni a las mejicanas.
Tiene un bordón de sexta fuerte, grave, y un arpegio que le da una
elegancia incomparable para el baile. También tenemos la Polca,
que sí guarda más relación con la Polca internacional; y el que yo
llamo el Valsecito Chapiollo, el Jamaqueyo de Jinotega y después el
Son de Toros, que es chimbarón, donde nació el Credo de la Misa
Campesina. Eso aparte de la música de la Costa Atlántica, el
Calipso, el Palo Mayo, etc. Es decir, hay una diversidad de registros
que nos permite expresar lo que queramos de muchas maneras.
S.M: Todavía falta difundir en el Pacífico la música de la Costa
Atlántica, dejando a un lado las que siempre suenan.
CMG: Sí, hay que ahondar bastante en la música miskita, garífona.
Hay muchas cosas que hacer todavía.
S.M: Carlos, todos los artistas tienen su hora creativa. Algunos
creen que el amor influye. En tu caso, ¿te sientes más creativo
cuando estás enamorado?
CMG: No necesariamente. Claro, el amor te influye, pero es algo
cíclico. Yo cuando más creo es cuando voy en el carro manejando
solo, ahora tengo que apagar el celular, es ese sonido constante el
que me ayuda a componer. A veces, tengo que parar para escribir
una parte de la canción. Una vez me preguntaron que dónde
escribía mis canciones y yo contesté “en el único trono donde
todavía soy el rey” (se ríe), en el servicio higiénico.
S.M: ¿Puedo publicar eso?
CMG: Claro que sí. Pero en realidad, cuando yo siento más
inspiración para crear música nicaragüense es cuando hablo con la
gente. Yo considero que la riqueza del lenguaje en Nicaragua es un
fenómeno para mí muy importante. Es una palabra viva. Como
ejemplo, te pongo lo que escuché sobre un campesino de la
Plazuela de Palacagüina. Vos sabés que los campesinos se
acuestan y se levantan temprano para trabajar de sol a sol. Cuando
este campesino bajó a Palacagüina, que para él ya era una urbe
grande, empieza a oír la palabra insomnio. Él, que nunca había
sabido de esa palabra, se queda un día en Palacagüina y tiene un
insomnio. Entonces va a al médico, y como desconocía la palabra,
cuando el doctor le pregunta los síntomas, él le explica: “Pues mire,
doctor, yo me acuesto con ganas de dormirme, pero siento un gran
sueño en todo el cuerpo, y una gran despertazón en la cabeza”.
Esto es la síntesis de cómo los campesinos tienen una
capacidad de aprehender cosas nuevas con sus modos de expresión.
Antes yo iba con la grabadora, voy a retomar más ese oficio para no
perderme las cosas que me dicen. El otro día, paseando por un
pueblo, me llama un campesino y me pregunta sobre el caso de mi
hijo, y para animarme, me dice: “Vea don Carlitos, ese chavalo
tiene (y hace el gesto con las manos) los compañeros bien
puestos”; o como cuando uno que conoció a mi padre me dijo que
“era un hombre de proporción”, cuando tenía que estar alegre, lo
estaba, cuando serio, también.
Hay zonas en Nicaragua donde se siguen utilizando los
arcaísmos y las palabras en desuso. Todavía se usa el pretérito de
ver “vide”; “agora”, “fierro”, etc. Yo no quiero que eso se pierda.
También otras palabras que en Nicaragua han cambiado por
confusión la pronunciación y la ortografía como “rijoso” por “rijioso”;
“contimaz” por “contumaz” ó “desgoznar” por “desgonzar”. Esta
última se utiliza por ejemplo cuando vino alguien de un circo y le
preguntaron cómo estaba, entonces contesta: “No jodás, hay una
mujer ahí que se desengonza” Era una contorsionista (se ríe.)
Simplemente soy una persona que ha tenido la suerte de vivir en
un país en el que permanentemente estás captando todo la
riqueza de la imaginación viva.
S.M: ¿Ha sido una dura tarea traducir todo ese acervo en música?
CMG: Para mí el ejemplo de artista comunicador más grande que
hubo era un campesino del lado de Occidente que se llamaba
Santiago Paiz, pero le decían el Indio Pan de Rosa. Era un gran
conversador, pero cuando ese hombre subía a un escenario se
transformaba, era poseído por lo que García Lorca llamaría
“duende”. Se rompía el alma. Lo llevaba innato, sabía estar. Hablo
de la comunicación en todos los sentidos. El Inidio Pan de Rosa,
cuando se subía a un escenario, era el hombre más feliz del mundo,
y eso se le notaba. Yo creo que por ahí va lo nuestro, lo de Luis
Enrique y lo mío. Nunca somos más felices como a la hora de
cantar. Y aquí otra vez, viene la herencia del viejo. “Cuando
ustedes vayan a un escenario”, nos decía, “es porque se lo ganaron
y tienen que responder a eso con responsabilidad”.
Yo miro a la gente a los ojos desde el escenario, y disfruto
cuando veo a un niño chupando todo lo que le damos. Recuerdo una
entrevista que me hizo en España Haro Tagler para la Revista
Triunfo en la que me preguntó cómo me definiría yo. Le contesté
que yo me considero como un ladrillo cuarterón, como se le llama
aquí, un ladrillito de barro que se chupa todo, se embebe de lo que
le echen. Simplemente soy una persona que ha tenido la suerte de
vivir en un país en el que permanentemente estás captando todo la
riqueza de la imaginación viva.
S.M: Sin embargo, hay casos de una gran precariedad en el éxito de
los nicaragüenses fuera del país. Además, la relación entre los
personajes populares y el público en Nicaragua parece diferente al
de otros países. ¿Cómo la percibes en tu caso?
CMG: Yo ya le decía a los Palacagüina en España que tuviéramos
cuidado porque igual como subimos, también en cualquier momento
el “cachimbazo” podía ser grandísimo. Yo me digo que estoy aquí
gracias a toda la gente que lo ha hecho posible. Hay que saber
manejar la popularidad. Nosotros siempre estuvimos en escena
desde chiquitos, y conocimos a gente que tuvo un éxito en su
momento y mi papá nos decía: “miren, fíjense que cambió hasta su
manera de caminar. Antes caminaba como desgarbadito, ahora
camina engallado.” Y después añadía: “Chiva con el aplauso. No
agarrés la vara”, que quiere decir no te lo tomés en serio, no te
creas que sos un culazo. Yo pienso que cada uno en su área tiene
su habilidad. Yo no soy capaz por ejemplo de hacer esas vasijas o
adornos como las hacen los artesanos en San Juan de Oriente,
figuras que les sale de las manos, “como nacidas” que así decía mi
padre. Por eso, nos acordamos de él cuando nos están dando un
premio o nos están honrando. Ernesto Cardenal tiene ese
poema...(imitando la voz inconfundible y grave del poeta) “Cuando
subás al estrado, acordate de los que murieron...” Eso funciona.
Hay que acordarse de eso, pues como decía Leonel Rugama “los
muertos no decían que morían sino que murieron”.
S.M: Tu papá ya falleció, ¿no es cierto?
CMG: Sí, en el setenta y ocho.
S.M: Pues no lo parece.
CMG: Es que está vivo, lo que hacemos es él. Nos hubiera gustado
que viera dónde hemos llegado, pero lo que hacemos es lo que nos
dio. Está siempre aquí.
S.M: Sergio Ramírez comenta en muchas ocasiones que él temía la
respuesta de los lectores a su primera novela después de la
Revolución, porque el escenario era muy distinto y tocaba calibrar
hasta qué punto influenciaba o no la Revolución en el éxito. ¿Fue
parecido en el caso de ustedes, es decir, temieron que la
Revolución fuera la causa de su éxito?
CMG: Yo creo que en nuestro caso fue al contrario. Yo me declaré
sandinista, creo recordar, en Noviembre del 78. El éxito de los
“perjúmenes” y otras fue del año anterior. Hubo periodistas
entonces que me criticaron de querer aprovecharme de la situación.
No sabían que yo traía una militancia anterior que no había hecho
público porque no venía al caso. De hecho en España no tuvo tanto
éxito “La Tumba del Guerrillero” o “Las Mujeres del Cuá”, sino la
música más popular.
No le tengo tanto miedo a la muerte, pero sí a quedarme sin voz
S.M: Hace poco en una reunión fuera de Nicaragua, estábamos
varias personas de diferentes nacionalidades y la anfitriona de la
reunión quiso obsequiarnos con música de ambiente de cada país
del que veníamos. Yo dije que venía de Nicaragua e
inmediatamente puso una canción cantada por vos. Pero el tiempo
pasa. Yo no veo claro cuál es el panorama actual de la música
nicaragüense. ¿Cómo lo ves vos?
CMG: Bueno, tanto yo como L.E. como los Palacagüina tenemos
todavía que mostrar canciones, trabajos que no han sido
publicados, que estaban en la carpeta. En primer lugar, Los Cantos
de Cifar de Pablo Antonio Cuadra terminé de musicalizarlo en 1992.
Se presentó en el Teatro Rubén Darío y desde entonces no hemos
podido conseguir los famosos 20.000 $ que hace falta para un disco
homenaje como se merece P.A.C. Después hemos musicalizado el
Poema de Juventud de la Insurrección Solitaria de Carlos Martínez
Rivas con ritmos no nicaragüenses, habaneras y danzón. También
Las Bodas del Carpintero de Joaquín Pasos, que es un epitalamio,
un canto de bodas. Ahorita estoy terminando Oración por Marilyn
Monroe de Ernesto Cardenal, estoy por la mitad, es mi primera
experiencia musical combinada con música gregoriana (y nos canta
una parte... “Señor recibe a esta muchacha...”) También hay jazz
con rock. Tener hijos y sobrinos que ya están trabajando con estas
sonoridades, esta fusión que estamos viviendo en casa, me ayuda
mucho a esforzarme por renovarme. Tengo ocho hijos y la mayor
parte son músicos: rockeros, marimberos. Me salió un poeta, que es
Camilo.
S.M: ¿No sientes que en ese boom que hay ahora de transformar
música de hace muchos años y modernizarla hay algo como de una
especie de violación?
CMG: Yo no lo veo mal. Es algo normal que se da siempre. Incluso,
algunos me dicen “ideay, Carlos, te nos estás yendo para otro
lado”, sólo porque a veces canto piezas extranjeras. Yo siempre he
criticado la música extranjera que venía enlatada, la canción chicle,
pero no la de gente como Bob Dylan, Serrat, etc. Entonces, las
influencias en nuestro mundo son algo positivo. Yo no miro mal que
utilicen canciones mías o de los Palacagüina, pero que lo hagan con
propiedad sobre todo en los acompañamientos de los bailes. A
veces veo a la Nueva Compañía, cuyo éxito ayuda a cultivar el amor
por la música nacional, pero de pronto se ponen a bailarla esas
canciones con pasos que imitan bailes mejicanos, en lugar de
mostrar y potenciar los pasos del baile Nica. Pero todos estos
procesos se dan con naturalidad y la idea es que se difunda la
música nacional.
S.M: ¿De aquí en adelante, qué es lo que más temes?
CMG: Pues no a muchas cosas. No le tengo tanto miedo a la
muerte, pero sí a quedarme sin voz, ya tuve una amenaza hace
algunos años, y también a que la gente ya no me reconozca como
suyo.
S.M: Por último, Carlos, esta revista saldrá en el Veinticinco
Aniversario de la Revolución. Mucha gente se pregunta que quedó
de todo aquello. En el caso de ustedes, qué les quedó.
CMG: Para nosotros la Revolución está presente aquí, en lo que
hacemos, en la Casa de los Mejía Godoy y aunque algunos ya no
estemos en el partido, la Revolución la seguimos haciendo por
ejemplo en la Fundación Mejía Godoy que es nuestro intento de
responder a las situaciones de injusticia, de violencia intrafamiliar
que hay en nuestro pueblo. La Revolución no ha muerto; se sigue
haciendo independientemente de los partidos.
Nos habíamos quedado a almorzar con Carlos y si no llega a ser por
una reunión que tenía, nos hubiéramos quedado hasta la noche
conversando de Nicaragua, de su historia y de su música. Le
pedimos que nos dijera qué dos canciones quería que pusiéramos
para amenizar la entrevista y nos contestó: Nicaragua, Nicaragüita
por todo lo que representa y La Quiebraplata, una hermosa canción
de amor que surge cuando a Carlos se le apareció de noche, en su
cuarto, una luciérnaga, que en Nicaragua se llama Quiebraplata, y
le despertó del sueño.