14 jun. 2008

Y EL VERBO DE HIZO CANTO: LA ABUELITA

Por Carlos Mejía Godoy

Cuando andaba en mis ocho años, allá en Somoto, pasaba más tiempo con mi abuela, que con su hija. Bajo los fustanes de Doña Lucila Armijo de Godoy yo me sentía protegido contra todas las adversidades y –más que todo- contra los regaños y los castigos de María Elsa, mi mamá. Me gané el cariño de mi abuelita, porque le ayudaba a hacer mandados y me divertía dándole de comer a las gallinas, los chompipes y a los chanchos, que ella mantenía en el traspatio de la Tía Evelina. La Nina, curiosamente, tenía predilección por los hermanos blancos: Chicoluís y Luis Enrique. Doña Lucila decidió proteger a los negritos. En ese gremio, yo funcioné como líder y recibí todos los mimos del nieto predilecto.

Pero lo que más disfrutaba, en mi óptima relación con la abuelita, era su espíritu dicharachero y picaresco. De hecho, toda esa familia, empezando por el ilustre Dr. Modesto Armijo, eran proclives a la broma y a la chanza. Cuando se referían a los personajes de la Calle real del pueblo, no usaban los nombres, sino los simpáticos apodos: Rabanito, Poca Ropa, Matraca, Mario Diablo, Butute, Camote…

Mi abuelita era juguetona. A veces, ya viuda, me decía: A ver, Carlitos, preguntame si soy casada. Yo le seguía corriente y como si fuese un entrevistador, le decía: - A ver, abuelita, es usted casada? – Ella se frotaba las manos y burlándose de las señoronas del pueblo, respondía con voz aflautada:

Yo sí soy casada
y muy honrada
es galán mi marido
como un clavel
yo le lavo, yo le plancho
y otra perra goza de él.

Acto seguido, se tiraba una carcajada, rubricando su gracia con un desparpajo, que fue la primera piedra de esa universidad familiar, que décadas después habría de incidir en mi oficio de cantor popular. Años después, cuando cumplió los 95 años, en homenaje a su espíritu siempre burlón, le dediqué esta trova.


Abuelita la abuela materna
es la niña tierna de la casa nuestra
es un ser tan menudo y sencillo
como un pajarillo que a nadie molesta
me declama sus versos de otoño
y se suelta el moño con infantil gracia
y se burla de cursis lindezas
de las niñas tiesas de la aristocracia

Abuelita abuelita
yo venero tu santa vejez
y advertí que al final del camino
como un tierno niño vuelves a nacer

Te pregunto quién es tu marido
y vos al oído contestás de boca
que eso del matrimonio es tontera
que vos sos soltera que no estás tan loca
hoy tenés con veintiséis nietos
treinta y ocho bisnietos que son un demonio
me decís que son frutos prohibidos
que los has tenido fuera de matrimonio


Abuelita abuelita
yo venero tu santa vejez
y advertí que al final del camino
como un tierno niño vuelves a nacer