13 jun. 2008

Declaración de amor

por Carlos Mejía Godoy
El Nuevo Diario | septiembre 13, 2006


Tuve la suerte de nacer en el pueblo más lindo de este país: Somoto, departamento de Madriz. Desde que abrí los ojos, siendo de luz, empezó mi asombro por todo lo que brotó alrededor: montañas, ríos, flores, pájaros, árboles y, sobre todo, personajes maravillosos que me llevaron de la mano para conocer la esencia de la vida.

Tuve el privilegio de crecer entre dos aromas en aquella casa de adobes situada en la calle real. Por un lado, el olor a las rosquillas que mi madre iba sacando del horno artesanal. Por el otro, el perfume de la madera recién cortada; mi padre iba puliendo las teclas de la marimba con la delectación de un verdadero artista. Y aunque el Chas Mejía sembró en mi corazón el amor a la música, fue un campesino, Leandro Torres, quien bordoneando su guitarra me introdujo en ese misterio de la música folklórica. Y salí del pueblo hacia las grandes ciudades: Managua, León, Granada; pero más que el estruendo de las calles llenas de carros y los rótulos de neón, me apasionaron los arquetipos callejeros, los borrachitos, los bohemios, los locos y, sobre todo, las vivanderas de los mercados con la vocinglería de sus pregones.

Del Salesiano de Granada al seminario, del seminario al Calasanz de León. Y en esta ciudad loca y mágica tuve el primer contacto con la realidad de un país atropellado por la dictadura. El martirio de los estudiantes universitarios aquel 23 de julio me hizo reflexionar sobre el holocausto de centenares de patriotas que soñaban con una patria libre. Desde entonces empecé a involucrarme en pequeños grupos de oposición al régimen dinástico. Y mi asombro fue creciendo, hasta convertir aquella sensibilidad en actitud beligerante. Mientras terminaba mi bachillerato e ingresaba a la universidad, iba descubriendo mi verdadera vocación: la música.

Mi paso por la radiodifusión me dio las herramientas para ir articulando un oficio que se convertiría en la razón esencial de mi vida. Y desde aquella Alforja Campesina, olorosa a trigo nuevo y a quebrada, vine acumulando una milpa de canciones que hoy son mi único patrimonio: versos y melodías que en su conjunto transpiran mi inmenso amor por esta patria que me vio nacer. Y nuevamente el asombro me llevó a valorar la audacia y el sacrificio de aquel puñado de hombres y mujeres que bajo la conducción de Carlos Fonseca, Julio Buitrago, Germán Pomares y otros héroes forjaron el FSLN.

Me sentí el hombre más feliz de la tierra cuando uno de mis mejores amigos, Toño Jarquín, llegó a Somoto a invitarme a ser parte de esa nueva familia. No lo pensé dos veces. Y en aquella esquina, a quince metros de donde se alza el almendro de la tía Tere, testigo del primer amor; frente a la montaña azul desde donde bajó el primer aguacero que empapó mi corazón provinciano, juré ser fiel y consecuente con la sangre derramada por la liberación de mi patria. Todas mis energías, todo mi entusiasmo y mi frenesí juvenil se encausaron en un solo propósito: servir lealmente a la revolución que se gestaba en el campo y la ciudad. Sentí que mis canciones ya no eran un torrente espontáneo, sino un elemento vital que se unía de manera orgánica a la dinámica de todo un pueblo dispuesto a vencer o morir.

Y cuando --por una chiripa del destino-- mis canciones cayeron en gracia a la España post-franquista y se convirtieron en éxitos internacionales (lo digo con orgullo) no vacilé en poner toda esa popularidad al servicio de nuestra joven Revolución. Lo demás muchos de ustedes lo saben. Los heroicos guerrilleros, que bajaron de las montañas con esa aureola de mitos vivientes, se fueron alejando de sus principios y valores. Y al desmontarse el proceso revolucionario, ante la derrota electoral, se convirtieron en empresarios. Años después, bajo la égida de un caudillo, rubricaron un pacto vergonzoso con las fuerzas más oscuras y funestas, con el único objetivo de consolidar sus cuotas de poder, secuestrando a Nicaragua con un sistema opresor donde reina la injusticia y la impunidad. Todos los miembros de mi familia abandonamos aquella entidad, en la que habíamos quemado los mejores años de nuestra vida. Y para darle vigencia a esos valores originales creamos la Fundación Mejía Godoy. Alguna vez pregoné, llevado por los sinsabores y la frustración: ¡Jamás volveré a la política! Pero un hermano sandinista, un luchador de toda una vida, un revolucionario honesto y transparente llamado Herty Lewites me convenció de que es posible hacer política sin mancharte las manos ni el corazón.

Herty, quiero hablar con vos. Quiero decirte, hermano mío, que ahora sí estoy plenamente convencido: la herencia de los héroes de septiembre, el decoro de Zeledón y de Sandino, la dignidad de Carlos Fonseca, de Oscar Turcios, de Ricardo Morales, de Arlen Siu, de los héroes de Pancasán… de los chavalos de San José de las Mulas, de los jóvenes inmolados en el servicio militar están más vivos que nunca. Y por eso hemos venido aquí, para expresarte que, a pesar de la feroz campaña del miedo, a pesar de la descarada compra de conciencias, a pesar de la hipocresía y el chantaje, no vamos a dar un paso atrás. Y aquel chavalo somoteño, asombrado por los aguaceros, por el arco iris y por el bordoneyo de una mazurquita, está aquí, dispuesto a luchar por esta declaración de amor que enarbola nuestra gloriosa alianza MRS. Y para afianzar nuestra convicción, cantamos con más entusiasmo que nunca:
No se me raje mi hermano
no me vuelva a ver pa’ atrás.
La milpa está reventando
y es tiempo de cosechar.