20 jun. 2008

UN CHAVALO LLAMADO CARLUCHIN

Cuando me asomé al pueblo, después de una lluvia que duró muchas horas, Somoto parecia un “chavalo de rio”: fresco, sonriente y pícaro. Con el alma lavadita y el corazón, como un chilote nuevo.

Me situé en la esquina de mi casa. Serio, como un caballito de fotógrafo de feria, para conocer los nombres de mis referentes naturales. Viendo hacia el sur, se yergue –oronda y majestuosa- la montaña azul. Ella es una matrona para todos los somoteños. A pesar de que en sus faldas se aliñan varias poblaciones: La Sabana, San Lucas, Santa Isabel, San José de Cusmapa,
no ha perdido ese halo de misterio que la envuelve desde siempre. Incluso, no falta más de alguien que asegura con
acento apocalíptico: “Algún día estallará en agua”.

Si me empino, desde el balcón de la casa de la Tía Evelina, puedo ver a mi derecha el Cerro de la Cruz, que escalé con Rudy Selva a los ocho años. Volviéndome hacia el Norte, se divisan –claritas- las Mesas de Alcayán.
Girando hacia la derecha, el Cerrito Inglés. Y, desde la esquina de Don Celestino Quintana, con su soberbia estampa, el Cerro Picudo. Lo recuerdo desde entonces: cundidito de cedros, jiñocuagos y madriales.

Lamentablemente, ahora que pasó Somoto a la categoría
de trópico seco, todo aquel maravilloso entorno que en los días de mi infancia era un poema de vida y verdor, con el despale criminal luce tan pelado como “talón de guatusa”. Por eso no me extraña que Chito Matamoros, con su eterno humor afirma: “Antes mis vaquitas daban leche. Ahora dan lástima”

Y no es exageración. Y así lo afirmo en mis entrevistas. Cuando yo era un chigüincito, no recuerdo haber visto
pasar entierros por mi casa. Somoto era tan fresco y sano que la gente no se moría. De manera que, cuando se inauguró el Cementerio de Chapalí, tuvimos que mandar a traer un muerto a Ocotal.

Somoto también tenía su río. No era tan caudaloso, con el Coco de Ocotal. Mucho menos, como el Río Estelí. Pero tenía su gracia y su donaire. En aquel tiempo, cuando no existía el servicio municipal, jalábamos agua del Michigüiste o de algunos pozos particulares, como el de Salatiel. Allá íbamos los chavalos, felices de acarrear el precioso líquido en los cojines de madera y aluminio, que colocábamos en los simpáticos burritos, que hoy siguen siendo parte de nuestra identidad. Tan importantes, como las celebres rosquillas, que hoy en día son un producto de exportación.
Cuando éramos chigüines, nuestro gozo era acarrear el precioso liquido en cojinillos de madera y aluminio, en el lomo de los simpáticos burritos, que igual que las celebres rosquillas somoteñas, son parte del escudo heráldico del departamento de Madriz.

A orillas del Michigüiste, en los años cincuenta, quedaban los Baños públicos “La Ilusión”. Las familias más pudientes iban de paseo, con sus morralitos de comida casera. Acampábamos bajo los frondosos palos de mango, jocotes y guayabas. Algunos bajaban hasta las pozas del río. Otros se limitabas a meterse bajo las regaderas, instaladas en pequeños cuartitos o cubículos, que pertenecían al recordado Don Ramón González. A orillas del Michiguiste se apreciaban manchas de palos de bambú y no olvidare jamás cuando, temblando de pasión y ternura, por primera vez dibuje, con un cuchillo de mesa, un corazoncito atravesado por una flecha y junto al símbolo amatorio, las iniciales de la chavala que me arranco los primeros suspiros de mi pubertad. Se llamaba Janeth; hija del Dr. Paiz, medico militar, que llego de Managua, transferido por espacio de dos años.

La Poza de Musunce era hermosa y profunda. Yo miraba con envidia a los chavalos de mi edad, tirarse desde un Tigüilote, con una facilidad y una audacia, que me dejaba “lele” de tanta admiración.
Tenía pánico de morir ahogado. Y eso me inhibió de vivir una de las emociones de aquellos años: nadar y retozar en medio de aquella fecunda vocingleria infantil. Mi hermano Armando, el menor de los varones, tuvo el privilegio de vivir intensamente todas las peripecias y epopeyas de un autentico “chavalo pueblerino”. Eso le permitió, no solo vivir intensamente ese periodo de la vida, sino –lo más importante- conectarse con el entorno natural. Por eso, entre nosotros, es el más profundo conocedor de los árboles, la flora, la fauna, las costumbres, tradiciones y –sobre todo- el patrimonio cultural de esta zona privilegiada. A su oficio de agrónomo, añadió un ojo de lice, para descubrir los vestigios de nuestros ancestros: cerámica, petroglifos, sitios ceremoniales y todo tipo de referentes de nuestra herencia PREHISPANICA MESOAMERICANA

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